miércoles, 6 de julio de 2016

Leyenda del niño del bote



El Centro Histórico de la Ciudad de México tiene muchas leyendas que han pasado de generación en generación. Una de las leyendas más populares es aquella que narra la historia de una familia que vivió un fenómeno sobrenatural sin precedentes. Esta familia vivió por el año de 1976 en una de las calles del Centro Histórico.

Laura y su esposo alquilaban un pequeño departamento en el último piso de esta vecindad. Su vida era tranquila y sin sobresaltos. Cuidaban de su pequeño de tan sólo 6 años con amor y respeto. Dieguito, como se llamaba el niño, era muy despierto y siempre estaba metido en problemas debido a su curiosidad. A veces le gustaba subir a la azotea y jugar con sus carritos; otras veces sólo subía para observar a la gente pasar en la calle, pues se imaginaba que eran pequeños hombrecitos y que él era un gigante.


A Dieguito le daba miedo la oscuridad, pero no así las películas de terror que veía con su padre en ocasiones. No obstante, un día comenzó a escuchar un sonido extraño que provenía del techo de su habitación. Era un sonido similar al que hace una lata cuando es arrastrada por el piso.


Noche tras noche, Dieguito escuchaba el mismo sonido, e inclusive llegó a acostumbrarse a él, hasta que una noche lo despertó un lloriqueo que parecía provenir justo encima de su habitación. Se levantó como pudo y fue con sus padres para dormir con ellos; pero éstos no quisieron y lo regresaron a su cama.


Ni Laura ni su esposo creían en fantasmas. Ella le explicó a su hijo que se trataba únicamente del gato del vecino; pero lo que Dieguito escuchaba no era el sonido de un gato, sino gemidos y lloriqueos de algún niño jugando con una lata.

Varias noches Dieguito intentó convencer a sus papás de dormir con ellos sin ningún resultado.


En una ocasión, mientras Laura preparaba el desayuno, Dieguito salió con la pregunta:

-Mamá, ¿quién juega y llora en la azotea todas las noches? –dijo el pequeño con un poco de miedo al regaño de su mamá.

-¿Quién? ¿Por qué crees que se trata de alguien? –respondió la mamá bastante molesta porque ya estaba cansada de las imaginaciones de su hijo– ¿Qué no te ha dicho tu padre que se trata sólo de un gato?

-Es que mamá, de verdad escucho a una persona. Es como si fuera un niño.

Por alguna extraña razón, Laura comenzó a tener miedo, pero no de los ruidos, sino de las locuras de Dieguito.


A la noche siguiente, Dieguito se despertó realmente asustado, sudaba a mares y tenía la respiración entrecortada.

-¡Mamá, mamá! ¡Dile al niño de la azotea que se vaya! ¡Que no lo quiero! –gritaba el pequeño.

Tanto Laura como su esposo comenzaron a dudar de la salud emocional de su hijo, sospecharon que tal vez tendría problemas en su escuela o con algún compañero y eso le producía pesadillas. Para hacerlo fuerte y que aprendiera a no despertar a sus papás, no hicieron caso de sus gritos e intentaron dormir.


Unas horas después la puerta de la recámara se abrió despacio y un pequeño cuerpecito entró en la habitación. Fue Laura la primera en descubrir al intruso.


-¡Diego! ¿Qué te he dicho sobre levantarte a estas horas de la noche? –dijo Laura con un tono de voz algo vacilante, en realidad no se podía distinguir si se trataba de Dieguito o de cualquier otra cosa, pues la escasa luz y el repentino abrir de sus ojos no terminaban de enfocar bien la silueta. Finalmente el pequeño cuerpecito se retiró en silencio de la habitación.


Al otro día, Laura y su esposo notaron muy extraño a su hijo, ya no era el mismo niño travieso de antes, apenas si hablaba y el color de su piel estaba demasiado pálida como para considerase sano, pero tampoco daba muestras de estar enfermo. Para no ser tan dura con su hijo, Laura le dejó faltar a la escuela. Todo el día trató de consentirlo y de apapacharlo con chocolate caliente y cuadernos para colorear; pero Dieguito simplemente no respondía.

En la noche de nuevo escucharon a Dieguito gritar:

-¡Mamá, mamá! ¡Dile al niño de la azotea que se vaya! ¡Que no lo quiero!

Sólo que esta vez apenas se escuchó la última palabra, pues fue interrumpida por un grito desgarrador. Laura se despertó sobresaltada para ir a ver a su hijo, su esposo iba detrás de ella. Para sorpresa de la pareja, Dieguito no estaba en ninguna parte: no dormía en su cama, ni se escondía en el armario.


Laura estaba tan angustiada que quiso llamar a la policía, pero su esposo la detuvo pues no lo consideraba necesario. La puerta estaba cerrada con llave, y aunque no fuera así, a Dieguito jamás se le hubiera ocurrido salir solo en la oscuridad, conocía bastante bien a su hijo.

De pronto escucharon sobre el techo el sonido animado de unos pasos. Daba la impresión de que alguien estuviese jugando con un bote o una lata. El papá volteó a la ventana y vio cómo iba bajando poco a poco una lata atada a uno de los lazos que usaban para colgar la ropa.


-Puff, debe ser Diego con otra de sus travesuras –dijo Laura para tratar de calmar sus nervios.

El esposo abrió la puerta y subió a la azotea bastante enojado, ya tenía suficientes problemas en el trabajo como para todavía tener que batallar con las travesuras de un niño problemático. Una vez que subió a la azotea, descubrió a su hijo en un rincón, junto a uno de los tinacos. Estaba sentado de cuclillas, abrazando sus piernas, su cuerpo totalmente arañado y su rostro mostraba un gesto de infinito terror. Se acercó despacio para no asustar a su hijo, pero era demasiado tarde, pues el niño se encontraba sin vida.


La pareja se mudó a otra parte de la ciudad, lejos de los recuerdos, de los vecinos morbosos y de los fenómenos sobrenaturales. La primera semana en su nuevo hogar fue bastante tranquila, hasta que una noche comenzaron a escuchar un ruido que provenía de la azotea, era un sonido similar al de un bote metálico arrastrándose.


Justo antes de que el esposo de Laura pudiera peguntarle si ella también escuchaba ese ruido, frente a su cama apareció la imagen de su hijo, que decía:

- Me asusta el ruido de allá arriba.

Esa fue la única vez que lo vieron. Pero cada año, justo en el aniversario de la muerte de Dieguito, se escucha en la azotea el ruido del bote y el llanto del niño.

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