martes, 30 de agosto de 2016

Aokigahara, el bosque del suicidio



En Japón existe un bosque ubicado al noroeste de la base del monte Fuji entre Yamanashi y Shizuoka llamado Aokigahara que significa “mar de árboles”, el cual desde tiempos antiguos se dice que pertenece a los demonios de la mitología japonesa, como muestra existen más de 1000 poemas donde mencionan que este bosque esta maldito, veamos donde nació esta historia mitad mito mitad verdad viviente.


Debido a las constantes erupciones del monte Fuji entre los años 800 y 1083, este formo una capa de lava que cambio la geografía del lugar dividiendo un lago cercano y cubriendo todo con lava, con el pasar de los años sobre esta creció el bosque mientras las historias y los mitos de la época comenzaban a aparecer.


Para darle a las historias del lugar el realce macabro, en el siglo XIX las hambrunas y las epidemias asolaban a la población siendo los más afectados las familias de bajos recursos, al no poder mantener a todos tomaban la triste y cobarde decisión de dejar que los niños y los ancianos se vean por si mismos ingresándolos al bosque abandonándolos a su suerte. 


Hubieron muchas muertes en esos tiempos y según cuentan esto maldijo más al bosque de Aokigahara llenándolos de Yuurei, una especie de fantasma que han muerto de una forma anormal, o que no han tenido ceremonia funeraria e incluso si han cometido suicidio, el espíritu vuelve como un Yuurei el cual atormenta a quienes creen lo ofendieron en vida o perdiéndolos en el bosque si sienten que los seres vivos que ven en interior carecen de iluminación.


Lo cierto es que cada año existen voluntarios locales que en grupo ingresan al bosque para recuperar cadáveres de suicidas que ingresaron al bosque buscando ese fin. 


La entrada al bosque no está prohibida e incluso existen excursiones variadas donde se adentran en algunos casos temerosos de perderse y como manera preventiva marcan su ruta con cinta adhesiva la cual se pierde hasta 1 km dentro del bosque donde desaparece casi por completo la presencia humana.


En este lugar es donde más gente se suicida de Japón e incluso ocupa el segundo lugar en el mundo.


 Desde 1950 se empezaron a encontrar hasta 500 cadáveres en distintas zonas, la causa principal en casi todas ellas fue de suicidio y la edad promedio era de 30 años de edad al momento de la muerte. 


Desde hay en la década de los 70s comenzaron a organizarse expediciones dentro del bosque para recuperar los cadáveres de los suicidas, en la actualidad se calcula que el promedio de suicidas al año es de 100 personas.


El gobierno ha optado por hacer público estos casos para lograr hacer conciencia en la población e intentar detener este fenómeno e incluso evitar el asociarlo con Aokigahara sin éxito, carteles, avisos y notificaciones se han desplegado en diferentes idiomas a fin de que los posibles suicidas sean conscientes e intenten buscar ayuda.


Para volver todo aún más misterioso al parecer la lava arrastro grandes yacimientos de hierro magnético que afecta a las brújulas e incluso al GPS haciendo que quienes estén en ese bosque no puedan guiarse por esos mecanismos de orientación, muchos perdiéndose en el proceso.



lunes, 29 de agosto de 2016

Enterrados por la basura



Los excéntricos hermanos Collyer acumularon toneladas de desechos en una mansión que acabó por convertirse en su tumba. Un libro rescata esta inquietante historia de amor por la basura en el Nueva York de la Depresión.


El mal llamado Parque de los Hermanos Collyer es un minúsculo solar de tierra en el que el Ayuntamiento de Nueva York plantó en su día una docena de sicomoros que crecen a la sombra de una altísima torre de viviendas de protección oficial, en pleno corazón de Harlem. 


En este mismo lugar se alzaba, hasta que fue destruida por orden judicial en 1947, la elegante mansión donde ocurrieron los sucesos protagonizados por Homer y Langley Collyer. Algún funcionario municipal con alma de poeta quiso inmortalizar así el recuerdo de los protagonistas de uno de los más extraños episodios de la historia local neoyorquina, repleta de por sí de episodios sumamente extraños. Seis décadas después de ocurridos los hechos, la historia de los hermanos Collyer sigue atrapando la imaginación de los neoyorquinos. 


Desde que se descubrieron los cadáveres de Homer y Langley en el interior de la casa hasta hoy han visto la luz un número considerable de libros, películas, obras de teatro y exposiciones que rememoran la historia de los fantasmales inquilinos del número 2078 de la Quinta Avenida. El último en rendir homenaje ha sido E. L. Doctorow, uno de los escritores norteamericanos más importantes de nuestro tiempo, quien con casi 80 años acaba de publicar una novela titulada precisamente Homer y Langley.


Todo empezó hace exactamente un siglo, en 1909. Entonces Harlem era un barrio exclusivo y elegante, ocupado por familias acomodadas de raza blanca, nada que ver con la situación de hoy. Aquel año, Herman Collyer, ginecólogo de profesión, y su esposa, Susie, cantante de ópera, se instalaron en un brownstone (construcción de arenisca granate de cuatro plantas muy característica de los barrios residenciales de Nueva York) ubicado en la esquina de la Quinta Avenida con la calle 128. Los Collyer tenían justificada fama de excéntricos.


 El padre de familia, sin ir más lejos, tenía por costumbre acudir a su consulta en canoa. Los tabloides de la época se hacen eco del sentimiento de aprensión que despertaba entre sus vecinos la visión de su silueta mientras recorría las calles con una piragua invertida en alto, como un extraño bípedo sin cabeza. El matrimonio Collyer aguantó en la casa de Harlem una década. Cuando el flujo de población afroamericana empezó a cambiar el perfil del barrio, los blancos iniciaron el éxodo a otros lugares de la ciudad. Homer y Langley decidieron no seguir los pasos de sus padres. Rondaban a la sazón los veinte años de edad. De momento, la servidumbre se quedó con ellos.


Durante algún tiempo llevaron una vida relativamente normal: estudios en Columbia University (Homer se graduó en derecho de almirantazgo, y Langley, que además tocaba el piano y era inventor, en ingeniería); los primeros empleos esporádicos; incluso llegaron a dar alguna fiesta de sociedad. 


Al morir sus padres, heredaron una fortuna que les permitió afrontar sin traumas la era de la Depresión. En 1932, Homer, el hermano mayor, perdió la vista y jamás volvió a poner un pie en el vecindario. Su hermano ideó para él una receta consistente en consumir cien naranjas a la semana, y aunque salía esporádicamente a la calle, procuraba estar la mayor parte del tiempo encerrado en casa con él. Fue entonces cuando comenzó la compulsiva acumulación de periódicos y revistas. 


Las publicaciones que los vecinos tiraban iban a parar a la mansión. Langley Collyer las ataba con cuerdas, formando con ellas murallas que llegaban hasta el techo. Su idea, le confesó a un reportero que se las ingenió para entrevistarlo, era crear un gigantesco periódico viviente en el que se resumiera la historia de nuestro tiempo para que la leyera su hermano cuando recobrara la vista. Las incursiones nocturnas que efectuaba Langley en la basura no se limitaban a las publicaciones periódicas. Su compulsivo afán le llevó a recoger toda suerte de objetos imaginables.


La reclusión de los hermanos Collyer adquirió tintes de leyenda. Se decía que la mansión encerraba lujos y tesoros propios de Las mil y una noches y que en su interior se alzaban montañas de dinero que los hermanos se negaban a depositar en el banco. La mezcla de repulsa y fascinación que inspiraban se traducía a veces en actos de violencia. Los diarios neoyorquinos se interesaron por los enigmáticos reclusos de Harlem, publicando crónicas que magnificaban la leyenda.


Los Collyer reaccionaron reforzando su aislamiento. Desconectaron el timbre de la puerta. Cortaron el teléfono. Sellaron las ventanas con gruesas tablas de madera y dispusieron un sistema de trampas-cable hábilmente ocultas en lugares estratégicos de la red de túneles de papel que iba creciendo en el corazón de las tinieblas en el que, literalmente, se convirtió la casa. 


Por falta de pago, los Collyer se vieron privados del suministro de agua, gas y electricidad. El ingeniero Langley recurrió a subterfugios, como instalar el venerable Ford T de su padre en el comedor a fin de que hiciera las veces de generador eléctrico. Por las noches se aventuraba en un parque vecino para proveerse de agua.


Desde entonces hasta que les llegó la hora de la muerte, la historia de los Collyer se resume en una palabra: basura. Día tras día, año tras año, se dedicaron a acumular la más disparatada variedad de objetos abandonados en los vertederos de la vecindad.


Cualquiera que haya pasado algún tiempo en Nueva York, sabe que la basura tiene aquí un significado muy especial. Es la metáfora de algo que no resulta fácil definir, tal vez el alma sucia de Manhattan. La idea me hace tratar de entender las razones que llevaron a Doctorow a escribir una parábola sobre los hermanos Collyer. 


No es casualidad que lo haya hecho precisamente ahora. Los difíciles tiempos que atraviesa en estos momentos la ciudad hacen pensar en los años de la Depresión, que es cuando tuvo lugar la historia de Homer y Langley. Sea como fuere, la basura fue lo que precipitó el final de los hermanos Collyer.


El 21 de marzo de 1947, a las 8.53, se recibió en la comisaría local una llamada denunciando que había un cadáver en el brownstone. Cuando la policía hizo acto de presencia, había más de 600 personas aglomeradas frente a la casa, de la que emanaba un hedor insoportable. Los intentos de forzar la entrada principal no dieron resultado. 


Hubo que arrancar los goznes de la puerta. Al retirar las hojas de caoba apareció una muralla de objetos metálicos incrustados en un muro de periódicos sin fisuras. Un agente desvencijó una ventana del segundo piso dejando al descubierto un muro igualmente impenetrable. Se inició entonces la laboriosa operación de vaciar la casa. Los únicos seres capaces de desenvolverse con facilidad en el laberinto ciego en que se había convertido la mansión eran las ratas.


El primer cadáver no tardó en aparecer. A primera hora de la tarde, los equipos de rescate dieron con el cuerpo de Homer, el hermano ciego y paralítico. Estaba sentado en una silla con la cabeza apoyada en las rodillas, debajo de una bóveda de papel. El pelo le llegaba a los hombros e iba vestido con un albornoz harapiento. El forense dictaminó que había fenecido de inanición la noche anterior, después de pasar varios días sin comer. Los doce diarios que se publicaban a la sazón en Nueva York dieron la noticia de la muerte en portada. 


El cadáver de Langley no fue localizado hasta más de una semana después. Un alud de periódicos lo había sepultado vivo, a un par de metros de donde se encontraba su hermano, esperando que le llevara la cena. Se había enganchado en el cable de una de sus propias trampas, provocando el derrumbamiento de un túnel de papel. Su cuerpo se hallaba en avanzado estado de descomposición, medio devorado por las ratas. Llevaba puestas tres chaquetas, cuatro pares de pantalones y una bufanda de arpillera. Iba sin zapatos ni ropa interior. Al cabo de 19 días de desescombro se habían extraído 103 toneladas de basura. La vivienda se encontraba en un estado de podredumbre tal que las autoridades sanitarias decidieron que lo mejor sería demolerla.


La compleja operación de vaciar las entrañas podridas de la casa sacó a la luz la más delirante variedad de objetos que quepa imaginar. El catálogo que sigue es meramente indicativo: rastrillos, paraguas, bicicletas, cochecitos de niño, toda suerte de cajas y cofres, una colección de armas, lámparas (de pie, de araña y de pared), juegos de bolos, la capota de un landó; maniquíes, postales de chicas pin-up, bustos de escayola, retratos al óleo, una estufa de queroseno, 25.000 libros (de los cuales 2.500 eran de derecho), frascos con vísceras humanas, cientos de metros de sedas, brocados y damascos, alfombras, tapices, cuadros, relojes, una quijada de caballo, instrumentos musicales (banjos, cornetas, acordeones, un clavicordio, dos órganos, cinco violines y catorce pianos, verticales o de cola), partituras en Braille, cajas de música, un antiguo aparato de rayos X, instrumental clínico y quirúrgico, trenes y aviones de juguete, el viejo Ford T y la piragua de Herman Collyer...


¿Qué permite concluir esta delirante relación?, me pregunto, pensando en Doctorow y su novela. ¿Qué nos dice la historia de Homer y Langley Collyer acerca de nosotros mismos? Tal vez carezca de sentido forzar ninguna explicación. Doy por terminado este artículo y bajo un momento a la calle. Es entonces cuando interviene el azar. 


Al cabo de unos minutos, en la confluencia de la calle 10 con la Sexta Avenida, distingo la silueta inconfundible de Doctorow. Nos conocemos de otras veces. Me acerco a él. "Acabo de escribir algo sobre su última novela", le digo, incapaz de ocultar mi agitación. "Mejor dicho, sobre Homer y Langley". Doctorow sonríe, sin decir nada. "¿En qué consiste el misterio?", le pregunto a bocajarro. "Cuando ocurrió todo eso", responde, "yo no era más que un niño. La historia de los hermanos Collyer se me quedó enquistada en la imaginación durante todos estos años. No me quedaba más remedio que escribir el libro para tratar de entenderla".



domingo, 28 de agosto de 2016

La Pascualita



La Pascualita o “La Chonita” es una de las leyendas más conocidas de todo México. Es una leyenda que perdura en la actualidad, probablemente debido a que, a diferencia de tantas leyendas, tiene la magia de que el ser legendario esté a la vista de todos. Así, no hay quien pueda decir que el maniquí de La Pascualita no existe. Simplemente La Pascualita sigue allí detrás de su vitrina, con todo un cúmulo de testimonios que afirman la presencia de cierta vida sobrenatural en ella.

La historia del maniquí

Se sabe que el maniquí de la Pascualita apareció en un aparador de La Popular (un local chihuahuense de vestidos de novia) el 25 de marzo de 1930. La versión más común dice que la dueña del negocio, Pascualita Esparza Perales de Pérez, la mandó a traer de Francia. Otra versión también dice que el maniquí fue traído de Francia (de París exactamente), pero que la Sra. Esparza lo adquirió en México DF, dentro de una prestigiosa tienda conocida como “El Puerto de Liverpool”, de la cual ella solía traer telas, azahares, ramos y otros productos que revendía en su local. 


Al principio no le quisieron vender la hermosa figura de cera; pero, ella estaba tan prendada del maniquí, que amenazó con dejar de comprar sus suministros en la tienda si no se lo vendían, por lo que accedieron y así la Sra. Esparza lo llevó a su local. Sea cual sea la verdad, se cree que la Sra. Esparza compró el maniquí porque, además de ser sumamente bello y de aspecto realista, se parecía bastante a su hermana (encargada de confeccionar los vestidos que exponía en el escaparate de su local) e incluso a ella misma.


Según se cuenta, desde el primer día en que la novia de cera estuvo en la La Popular, todos se detenían a mirarla y, aunque la dueña le dio el nombre de “Chonita” por su aparición en el día de La Encarnación, el vulgo tenía más fuerza y, como todos la llamaban “La Pascualita” por su parecido a la dueña del local, fue ese el nombre que finalmente le quedó.


Si nos preguntamos ahora por qué La Pascualita impresionaba tanto que se convirtió en un icono de la época y se ganó el título de “la novia más bonita de Chihuahua”, la razón está en que era distinta a los demás maniquís de la época: tenía un mejor acabado en la cera, sus ojos eran de cristal, su pelo y sus pestañas eran implantes de verdadero pelo y pestañas, y su expresión, a diferencia de las de tantos maniquís de mirada inerte, era viva y reflejaba emociones, cual si estuviese dotada de humanidad…


Bien, hasta aquí simplemente La Pascualita llamaba la atención; pero, en algún momento de la década de los sesenta (no se sabe si antes o después de 1967), empezaron a surgir rumores de que la novia de cera estaba viva y era capaz de moverse de noche cuando no había nadie en el local, o sonreír a algunas personas. Particularmente, los rumores se hicieron más frecuentes cuando Pascualita Esparza Perales de Pérez falleció en 1967: entonces aparecieron personas diciendo que La Pascualita les seguía con la mirada, que su fantasma les seguía un tiempo si se quedaban viéndola fijamente, o que por breves segundos le aparecían venitas rojas en los ojos… Inclusive, se supo de algunas empleadas que trabajaban en La Popular que renunciaron a su puesto porque vieron llorar o moverse a La Pascualita, y de otras que se negaban a vestirla porque supuestamente le aparecían venas verdosas en las piernas, que posteriormente desaparecían al igual que las venitas rojas que más de uno vio en el blanco de sus ojos.


Teorías sobre qué causó que La Pascualita cobrara vida

Estas teorías no son especulaciones hechas en el internet: son historias-explicaciones que surgieron en la tradición popular y aún perduran, y que deben su variedad al hecho de que la historia oficial (expuesta arriba) no da razones a los sucesos extraños y escalofriantes que convirtieron en leyenda al maniquí. Veamos ahora esas teorías tejidas por el pueblo chihuahuense a partir de los rumores, la imaginación y la especulación.


El espíritu de la dueña: Esta teoría fue la primera que surgió, y la que más sentido tiene desde un punto de vista cronológico, ya que los testimonios sobre sucesos paranormales (las cosas que dicen haber visto hacer a La Pascualita) se hicieron patentes en el año en que murió la dueña de la tienda y, puesto que no se sabe en qué momento de la década de los sesenta surgieron, puede pensarse que, o bien estaban ya antes de 1967 (año en que murió la dueña), o bien aparecieron en 1967. De ese modo, si fuese lo segundo, cabría pensar que se debió a lo que afirma esta teoría: a saber, que el espíritu de la dueña se metió en el maniquí, o que simplemente sigue penando en el local y a veces entra en el maniquí. El problema de esta teoría es que no da otra razón que la devoción que la dueña sentía por su maniquí, y el parecido que éste guardaba con ella.


La hija muerta el día de su boda: Esta teoría tiene dos versiones. La primera dice que, justo el día de su boda, la hija de Pascualita (la dueña, no el maniquí) murió por la picadura de un bicho (alacrán, araña venenosa, escorpión: el animal varía) que estaba oculto en su coronita de novia, y que todos la vieron caer muerta cerca del altar. La segunda versión, cuenta que la hija de Pascualita fue apuñalada por un pretendiente celoso, justo cuando estaba en el altar, a punto de casarse con un hombre al que, a despecho del pretendiente, amaba verdaderamente. En todo caso, en ambas versiones dicen que, tras perder a su hija, Pascualita la mandó a embalsamar y a recubrir de parafina y cera, vistiéndola siempre con vestidos nupciales, como para recordar que murió antes de casarse, tenerla siempre cerca y, a la vez, honrarla convirtiéndola en el emblema de su local de vestidos de novia: el problema fue que, sin saberlo, había aprisionado el alma de su hija en su cuerpo embalsamado… Esto del embalsamamiento resulta poco creíble, y en general la teoría no es muy aceptada, pues se sabe que la dueña, que se casó a los 17 años con Enrique Pérez Loera, tuvo solo un descendiente con su esposo, y que ese descendiente era un varón llamado Enrique; sin embargo, se rumorea que también tuvo una hija y que ésta murió ahogada a los cuatro años (esto también haría imposible la teoría), o bien que en realidad si tuvo una hija que creció y murió el día de la boda, aunque esto último casi nadie lo cree.


El chamán enamorado: Dicen que, durante la década de los sesenta, un poderosísimo chamán había llegado de visita a Chihuahua. Este chamán estaba paseando cuando de pronto se paró, anonadado al ver la belleza de La Pascualita. Sus suaves rasgos, sus ojos grandes y dulces, sus manos delicadas, todo en ella le hacía desear que estuviese viva y fuese suya… entonces: ¿por qué no usar sus poderes? Eso fue lo que supuestamente hizo con un ritual, a través del cual cobró vida el maniquí, y se convirtió en su amante, acompañándolo durante los dos meses que vivió en Chihuahua: siempre cada noche, a partir de las diez (hora en que ya estaba cerrado el local). Esta historia es aún más difícil de creer que la anterior, pero podría pensarse que efectivamente hubo un chamán en Chihuahua, y que éste salía con una chica muy parecida a la La Pascualita…


El taxista asesinado y la hija que se suicida: En esta versión, la hija de Pascualita se enamoró de un taxista pobre y su madre, que sentía repugnancia pensando en que ese hombre pudiese transformarse en su futuro yerno, terminó asesinándolo y, a causa de esto, su hija entró en desesperación y se suicidó, lanzándose por un barranco según una variante de esta versión que, así mismo, a veces se presenta con el detalle de que la hija de Pascualita ya se había casado con el taxista cuando éste fue asesinado por su madre. En todo caso, el alma de la hija de Pascualita, después del suicidio, se metió en el maniquí… Como puede verse, la teoría es muy ilógica porque resulta difícil de creer que la dueña de El Popular haya matado a un taxista sin que la Policía se entere y la mande a prisión, o que lo haya matado y haya podido sobornar a las autoridades al punto de que no se hiciera público el rumor de que era una asesina (rumor que, por cierto, jamás existió, salvo en esta versión que quizá nadie crea). Volviendo a la teoría, ésta viene junto al relato de que La Pascualita, a veces cuando ve un taxi, se monta (no como maniquí, sino como duplicado fantasmal del maniquí) en el taxi y desaparece…


La maldición: Aquí la explicación es que la hija de Pascualita era una muchacha mala de pésimo comportamiento, al punto de que fue castigada recibiendo (no se dice quién la envió) una maldición que la hizo fallecer; pero su madre, queriendo recordarla y preservar su gran belleza, la mandó a embalsamar y cubrir de cera…


Los policías y el supuesto cuerpo embalsamado

En sus épocas de mayor fama, La Pascualita atrajo tanta gente que los curiosos, provenientes de otras ciudades del amplio México, llegaban en ciertas ocasiones a congestionar el tráfico de la Calle Libertad, forzando a que las autoridades prohibiesen transitar por allí a los coches. En este contexto, se cree que la dueña de El Popular llegó a recibir muchas llamadas telefónicas de personas enfadadas que la acusaban de violar la decencia moral, de transgredir las leyes de Dios al tener un cuerpo embalsamado y hacerlo pasar por maniquí… Inclusive, se cree que, a causa de estas sospechas, La Pascualita sufrió el daño de unas cuantas personas encolerizadas que, cuando nadie las veía, le clavaban las uñas en su piel de cera…


Supuestamente, todo esto causó que la dueña de El Popular hiciese público que La Pascualita era un maniquí; pero, pese a eso, se rumorea que cierto día llegó personal enviado por las autoridades, a fin de constatar si era cierta la acusación de que en El Popular tenían un cadáver en el escaparate: la versión más creíble dice que los inspectores determinaron que era un maniquí, pero otra versión dice que esos inspectores eran policías judiciales (lo cual ni afirma ni niega la primera versión), que cuando entraron les dijeron que volviesen después porque La Pascualita estaba siendo bañada, que entonces sospecharon e insistieron en verla, y que finalmente les mostraron al maniquí envuelto en bata y con toalla en el cabello, dejándoles únicamente revisarle el rostro por “respeto al pudor”, lo cual les hizo sospechar aún más a los policías, que misteriosamente nunca hicieron uso de su autoridad para disipar o confirmar sospechas viendo cómo era La Pascualita por debajo del cuello cuando no tenía su vestido de novia….


La leyenda vive hoy

Actualmente muchos creen que podría haber algo sobrenatural en La Pascualita, y todavía hay bastantes personas que afirman haber vivido cosas extrañas. Una vivencia bastante frecuente es la de acercarse, asustarse al ver que el maniquí sonrío por unos segundos; y después, ya de noche, recordar lo sucedido con macabra exactitud, viendo claramente esa sonrisa que antes nos pareció ver de forma tan fugaz que no pudimos apreciar…


También hay historias puntuales que se conocen bastante, como la de cierta mujer que recibió un disparo en la calle estando delante de La Pascualita, a la cual suplicó que sobreviviese y posteriormente, a causa de la milagrosa intervención de la novia de cera, logró conservar su vida; o bueno, al menos la mujer cree que La Pascualita fue la causa de que sobreviviera, y por eso va a encenderle velas cada cierto tiempo, a modo de agradecimiento.


Incluso hay personas que contratan músicos para que le den serenatas a La Pascualita a fin de que no se sienta sola, si bien no se puede saber si lo hacen creyendo que La Pascualita realmente tiene vida propia o simplemente como burla…


Sea o no verdad la leyenda, es indudable que los propietarios de La Popular cuidan con esmero a La Pascualita porque saben que, conservar su belleza y fomentar su leyenda, es necesario para que ésta siga siendo un imán de dinero, ya que La Popular es todavía la tienda de vestidos de novia más visitada de Chihuahua, y siempre el vestido que lleva La Pascualita (a la cual cambian de ropa cada cierto tiempo) es el vestido que más compran, en parte porque, según creen muchas personas, comprar el vestido que está usando La Pascualita, equivale a adquirir un amuleto que traerá un matrimonio feliz y exitoso.