miércoles, 15 de noviembre de 2017

Leyenda del pozo del infierno



Según cuenta esta leyenda, algunos científicos rusos, dirigidos por el Dr. Azzacov, excavaron un pozo de unos 14.4 km en Siberia, en el agujero recién creado descubrieron una cavidad subterránea. Para saber un poco más sobre ella, hicieron descender equipos de medición, acompañados de un micrófono.

La temperatura registrada era de unos 1.100 º C y se pudieron escuchar gritos de personas sufriendo a través del equipo de audio. Por lo que los presentes no dudaron en afirmar que se había llegado hasta el mismo infierno.

La noticia fue emitida por primera vez en 1989, el canal de radio Trinity Broadcasting Network hizo su difusión en inglés, con los datos recogidos desde varios periódicos finlandeses. La noticia del “Pozo del infierno” se extendió a los periódicos de los Estados Unidos tiempo después y las grabaciones de los famosos gritos de las almas condenadas aparecieron regadas por el internet en 1997.


El canal religioso de radio TBN, no dudó en afirmar que esto era una prueba irrefutable sobre la existencia del infierno, en una forma tan literal como expresa la Biblia.

Este mismo canal, propagó también la historia de que un ser con alas de murciélago había surgido de su interior para trazar en el cielo siberiano la frase “¡He vencido!”. Sin embargo esto último fue solamente un engaño por parte del profesor noruego Åge Rendalen, quien estaba disgustado por la credulidad de la masas.

No obstante, han existido más historias como estas, en las que no solamente se afirma que se escuchan los gritos provenientes de su interior, sino que también se le atribuyen a estos agujeros capacidades paranormales como volver a la vida a los animales muertos.

sábado, 11 de noviembre de 2017

El jinete desconocido



Me queda clarísimo que no todos los mitos y leyendas cortas surgen de hechos aislados o están relacionados con cuestiones ligadas al terror. El día de hoy decidí escribir sobre una crónica que escuché en un pueblecillo llamado San Jacinto.

Cierto día, Inés, la más pequeña de las hijas de don Fermín enfermó repentinamente. El galeno del pueblo acudió velozmente al domicilio, más su visita no fue de gran ayuda, ya que la medicina que se ocupaba sólo la había en la farmacia de la capital.

– No importa doctor. Ahora mismo salgo para allá. Dijo don Fermín.

– Sí, la muchacha necesita esa medicina en un periodo menor a 12 horas, pues si no se le administra la dosis en ese tiempo puede morir. Comentó el galeno.

Don Fermín aprestó su caballo y se fue a todo galope con la esperanza de regresar a tiempo. Más nadie se imaginaría que apenas un par de horas después de su partida, se soltaría en esa región un aguacero sólo comparable con los estragos que puede causar una tormenta tropical.

El agua hizo que los ríos se desbordaran, lo que ocasionó que los caminos de tierra se volvieran verdaderos lodazales. Al ver eso don Fermín repetía una y otra vez en su mente:

– ¿Qué voy hacer ahora? Las patas de mi caballo se atoran en el fango y no logro avanzar nada.

De pronto, de entre la niebla surgió la figura de un jinete alto y robusto quien le cuestionó:

– Usted es don Fermín ¿no?

– Sí, ¿qué se le ofrece?

– No nada, lo que pasa es que lo reconocí y quise aproximarme para saludarlo en persona. ¿Le ocurre algo? Lo noto preocupado.

– Requiero llegar a San Jacinto en menos de tres horas y con este temporal no creo que eso sea posible. Me preocupa la vida de mi hija, debo llevarle esta medicina.

– Si quiere démela, yo voy para allá.

– ¡No, cómo va a ir usted, si le estoy diciendo que los caminos están inundados!

– Mi caballo ha estado transitado por peores vías sin dificultad.

Dado su alto grado de desesperación, don Fermín aceptó la propuesta del jinete.

Dos días después llegó a su casa esperando lo peor. Sin embargo, fue recibido en la puerta por su propia hija quien ya estaba curada.

– Hola papá. Hace dos días llamaron a la puerta y cuando mi mamá fue abrir, no había nadie. Únicamente estaba recargado sobre una maceta un paquete que contenía la medicina.

Nadie supo explicar lo ocurrido, más don Fermín supo que todo aquello había sido un milagro.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Leyenda el llanto del bebe



Mayela Garcia, una mujer que había tenido la mala experiencia de casarse con un tipo que solo la embarazaba, y después la golpeaba hasta perder los bebes, que tenia en gestación, esto paso en 3 ocasiones, hasta que se armo de valor y se fue de la vida de esa mala persona.

Adrian Jimenes, no podría quedarse solo, el estaba acostumbrado a tener la compañía de su mujer, a la cual solo castigaba, pero para el era la forma de demostrar su cariño.

Como todo loco, Adrian encontró a Mayela, recluida en un monasterio, y de ahí la saco, matando a varias monjas, que se interpusieron en su camino, ella ida, por los acontecimientos, decía que escuchaba los llantos de sus bebes no nacidos, y que le reclamarían tarde o temprano a el.

La llevo a unas cabañas, para escapar de las autoridades, y poder abusar libremente de la que fuera su mujer, ella no opuso resistencia, pero al terminar la violación, ella se suicido, con el arma que llevaba el en su mano.

El tipo que resulto ser un cobarde, planeo enterrarla en el bosque, y aun tibio el cuerpo de la que en un tiempo fue su esposa, se dispuso a enterrar su cuerpo.

Estaba haciendo el pozo en el bosque, cuando vio que algo a su alrededor se empezaba a mover, pensó que algún tipo de animal acechaba, pero empezó a escuchar el llanto de bebes y algunas risillas burlonas, pensó que eran sus nervios, por lo que le había sucedido con su esposa.

En ese momento claramente vio a los 3 bebes que el mismo había matado en el vientre de la que era su esposa, se le quedaron viendo y el tipo al verlos, se tropezó con la pala, con la que excavaba y se pego en la cabeza, cuando despertó, estaba enterrado vivo, así murió el que había hecho tanto daño.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Leyenda del padre sin cabeza



Mito seguramente concebido en tiempos de la inquisición, durante la cual cortaban la cabeza a brujos, hechiceros, hombres y mujeres de mal vivir.

Dice la tradición que se le aparece a los hombres y mujeres que trasnochaban debajo de un árbol frondoso en el cual se puede ver una gran puerta de un templo.

La persona pasa la puerta y se encuentra una gran sala y al final un sacerdote cantando misa en latín.

Atraído y cargado de pecados la persona oye atentamente pero a la hora de la consagración al dar la cara el sacerdote se le ve sin cabeza y esta chorreando sangre entre sus manos.

Despavorido sale de aquel lugar y queda varias semanas sin habla, cambiando así su vida para siempre.

Eran aquellos tiempos del fusil de chispa, no tan distantes que digamos. Tiempos de oro y de alegrías en que nuestros antepasados, libres del apasionamiento fastuoso de la moderna civilización, vivían a su modo, pobre y humildemente, pero siempre contentos y alegres.

Nuestro pueblo, de labriegos sencillos formado, conservó de los conquistadores gallegos que vinieron de la Madre España, en busca de oro y de tierras para aumentar el poderío del León Ibero, su amor entrañable al hogar, su fe religiosa y la sonsería peculiar que lo hizo crédulo y creyencero.

A más de las fiestas de la iglesia, que formaban lista en el año, nuestros abuelos celebraban con menos pompa, pero sí con más alegría, dos festivales cívicos: el 27 de abril y la independencia. Esto es, el aniversario del golpe de cuartel del general don Tomás Guardia y el quince de septiembre, adoptado en Centroamérica como fecha de la emancipación política de España.

El programa era corto: Bailes populares al aire libre y repartición de licor, estallido de cohetes y bombas; gritos y, de cuando en cuando, algunos mojicones, por copa de más o de menos.

Y nuestros campesinos, todos guardaban su pala y el machete, limpiaban un poco sus manos; blanqueaban a fuerza de “eje” sus agrietados pies, y salían al anochecer a divertirse con sus respectivas familias, danzando al calor de la luz que despedían ios faroles de canfín o los reverberos de manteca. Y aquí entramos en nuestra relación, respecto al sucedido de la Calle del Cura.

Ñor Juan Rafael Reyes era el viejo más alegre del distrito de Patarra y no perdía, por nada de este mundo, los festivales del 27 de abril y la independencia, que bastante tenía que sudar los demás días del año para atender a su manutención y la de su familia, para no aprovechar la ocasión de echar una canita al aire.

En su caserío eran bastante recogidos, ajenos a todo, sólo pensaban en la quema de la piedra de cal que les daba, entonces más que ahora, el sustento. Las fechas memorables pasaban casi inadvertidas, por lo que Ñor Juan Rafael se veía obligado a ir hasta la villa para colmar sus ansias de fiesta. Allí era cosa de ver: Las taquillas permanecían abiertas la noche entera: los vecinos principales iluminaban los frentes de sus casas. En la plaza pública el entusiasmo no decaía hasta rayar el nuevo sol y la ilustre corporación municipal solía disponer el reparto de ”guaro” a todos los ciudadanos que vitoreaban al ciudadano presidente. Y eso entusiasmaba a Ñor Reyes, que muy a pesar de sus años que ya eran carga, gustaba de amanecer en vela, bailando a ratos, libando copas, mascullando su chircagre y enterándose de los corrillos de cuanto ocurría en el gran mundo, y soltando de cuando en vez su graceja, para no quedarse atrás con los cuentos, enredos y chistes que los contertulios iban enhebrando como para amenizar el rato.

Acertó caer la fecha de la independencia en domingo, y desde luego, la fiesta fue sábado en la noche. Por las vísperas se saca el día, y para cumplir con el adagio popular, de antes y con antes comenzaba la alegría.

Ñor Reyes no prescindía de bajar a la “suida a mercar” su manutención, lo que hacía todos los sábados al amanecer, y menos dejar pasar la parranda. Había que compaginar la obligación con la devoción. Verdad es que podía ajilar por la calle de Dos Ríos y evadir así la atención de la villa, pero solo una vez se celebraba al año la independencia y para el siguiente ya podía estar bajo tierra. Había que aprovechar la oportunidad, que algo la suele pintar calva. Ñor Reyes, -lo decía su mujer- sería parrandero y bebedor, eso sí my cumplido con sus obligaciones. Compraba el diario, y lo que quedaba libre era lo que podía beberse en ron o guaro de la Fábrica Nacional. Y cayendo y levantando, podía llegar ya al anochecer a su casa, pero con sus alforjas repletas, con provisión para la semana. También lo decía él: Los almadiados todo lo pierden, menos la memoria.

Ella se lo perdonaba a su marido, porque en su alacena todo abundaba; porque nunca la hizo ayunar, excepto los viernes de cuaresma -ya que era buen católico-, ni la obligó a solicitar prestado el puñadito de frijoles ni de sal, o la jarra de arroz, como le sucedía a la Piedades, su vecina, que a más de la vigilia en que vivía eternamente por las largas y repetidas parrandas de su hombre, que le duraban hasta ocho días larguitos, solía recibir un ajuste de azotes. Y todo se puede aguantar, menos eso de que un “mangúela” alce la mano contra su mujer.

Pues Ñor Reyes salió aquel sábado muy temprano, caballero con su yegua rosilla, vistiendo los trapitos de dominguear, los de coger misa. Lucía su banda tinta, de seda, que le daba varias vueltas en la cintura dejaba que las barbas salieran afuera del ruedo del chaquetón; no faltaba el pañuelo floreado al cuello ni la realera de puño de hueso y plata, compañera de los días de gran solemnidad.

Estuvo en la ciudad; hizo sus compras; provocó más de una risa sabrosota, con sus chistes y sus relatos, que salían de la boca a borbotones; sorbió sus copas de guaro nacional, más sabroso y más claro que el de “charral”, según su opinión de buen bebedor, y al atardecer dispuso el regreso pasando por los “Samparados”.

Ya preludiaban las marimbas y chisporroteaban los candiles, cuando hizo su entrada a la villa llevando sobre la al-barda sus grandes alforjas bien repletas. En la casa del compadre, Ñor Pedro el matador, amarró su ruco, sin desensillarla; dejó a buen recauda las alforjas y su ramita de espino, que le servía de espuela y la varillita de añono, que hacía de fuete y, tras un saludo en que hacia recuento de la salud de todos los de la casa, se salió a comenzar la juerga, relamiéndose de gusto, porque no había dejado de salir sin sorber la jícara de chocolate con sus bizcochos y embustes.

Bailó fandango y punto y sorbió copas. Tuvo más de una disputa y pudo regresar a casa del compadre, sano y salvo, gracias a la intervención de algunos amigos. Allí lo montaron en su bestia y lo pusieron en camino, tocándole el corazón, con el recuerdo de los suyos, que estarían en vela, deseosos de verlo llegar. Y la bestiecilla cogió el trote, calle arriba…

Era la madrugada oscura y fría. Mientras el jinete dormitaba, dejando floja la rienda, la ruca trotaba. Bien sabía Ñor Reyes que montado en un animal manso, que conocía el trillo de la casa como de memoria, podría dejarse llevar confiado y tranquilo.

Pasó por San Antonio sin novedad. Todo mundo dormía. Uno que otro perro ladró a su paso y vino a ahuyentar eí sueño. Cuando cruzó Río Damas y entró en su jurisdicción, apuró la yegua el trote, porque ya estaba próximo el momento de probar bocado y quedar libre del aparejo, el jinete y la carga.

Próximo al recodo llamado la “Calle del Cura sin Cabeza”, se bifurca el camino y dan sombra los altos higuerones. Era un sitio temido, porque decía el rumor popular que asustaban. Muchas historietas de aparecidos circulaban de boca en boca. Pero Ñor Reyes ni era hombre de miedo ni padecía de nervios, más bien se envalentonaba cuando sorbía sus copas.

Frente a la plazuela, donde solamente se levantaba una casa de peones de la finca, vio una ermita. Se restregó bien los ojos, porque no tenía memoria de que allí hubiera existido esa construcción. Pero como para desvanecer sus dudas, replicó campana llamando a misa. Y deseoso de enterarse por sus propios ojos de que no eran visiones ni cosas de! otro mundo, se desmontó y entró al templo, que estaba iluminado a media luz. Se hincó a cantar el “Dominus Vobiscwn ” y se dio cuenta de que al padre le faltaba la cabeza. La impresión lo levantó como con resortes y lo hizo abrirse en estampida. Al pasar bajo el coro, oyó un ruido infernal y sintió que la campana le seguía repicando su badajo… ¡No supo más!

Allí cerca, sobre el zacate, fue encontrado, sin sentido, por los carreteros madrugadores, que llevaban carga a !a ciudad. Lo recogieron y lo trasladaron a su residencia, donde pasó muy malito algunos días. Costó que volviera en sí. Hasta la pronuncia había perdido. Tenía que ser cosa mala la que vio, comentaban los familiares.

Pronto cundió la noticia del aparecido de la “Calle del Cura sin Cabeza”. Los curiosos llegaban a adquirir detalles del suceso y se tejían los más variados y fantásticos comentarios. El tío Melitón, que era muy ladino, definió el asunto: “Acechanzas del demonio”. Ñor Reyes había asistido a sus propios funerales, en castigo de sus pecados. Naturalmente, nunca más volvió a pasar en ‘”deshoras” por ese camino. Si iba a la ciudad, regresaba tempranito y por si tenía que viajar en carreta, para evitar que los bueyes se asolearan, madrugaba, pero siempre esperaba a otros compañeros. Que dos hombres se valen mejor que uno.

La moralidad pública habría ganado mucho, ya que se consumía menos licor nacional en la villa, si no se le ocurre a un vivo llevar al barrio licor clandestino de Agua Caliente, evitando así e! viaje a la villa, pasando por la “Calle del Cura sin Cabeza” en horas de la noche.

Han pasado muchos años y el suceso apenas si se recuerda. El trecho de camino conserva el nombre de la “Calle del Cura sin Cabeza”. Y la conseja del aparecido sigue siendo como una lección de moral, pero nadie escarmienta en cabeza ajena…



lunes, 30 de octubre de 2017

Leyenda del auto de James Dean



La muerte de Dean, el 30 de septiembre de 1955, dejó a EEUU huérfano de uno de sus ídolos más venerados, un actor que con solo tres películas conquistó la inmortalidad, Al este del Edén, Rebelde sin causa y Gigante (las dos últimas estrenadas a título póstumo).

Dean tenía 24 años y se convirtió en la primera estrella trágica del Hollywood clásico. El impacto de su muerte se tradujo en un ataque de histeria colectiva entre los jóvenes, para quienes James era, más que un actor, una forma de entender la vida. El cóctel de fama, juventud, carácter rebelde, polémico e inconformista, y una muerte tan precoz dieron como resultado el nacimiento de un mito. Con su trágico final, se había cumplido una de las frases que se le atribuyen: "Vive rápido, muere joven y deja un hermoso cadáver". La leyenda del coche en el que murió forma parte del folclore de Hollywood y pudo haber sido alimentada por George Barris, el "tuneador" del famoso Porsche.

La muerte de James fue el resultado de un cúmulo de coincidencias. De hecho, el famoso Porsche no era el coche que él deseaba. James había encargado un Lotus MK X, cuya entrega se retrasó. La impaciencia del actor por regresar al mundo de las carreras –quería participar en una que se celebraba al cabo de unos días en Paso de Robles, cerca de Salinas, California– tras haber finalizado el rodaje de Gigante le llevó a quedarse con el Porsche 550 Spyder, del que se habían fabricado sólo 90 unidades, que le ofrecieron mientras duraba la espera.

El Spyder, un vehículo de aluminio, que apenas pesaba 600 kilos y podía alcanzar sin dificultad los 220 kilómetros por hora, fue tuneado por su amigo George Barris, el creador del primer Batmóvil de la historia, que, siguiendo los deseos de la estrella, le puso asientos de tela escocesa y le pintó el número 130 en la carrocería y dos franjas rojas en la parte trasera del auto, sobre las ruedas. James Dean bautizó a aquella joya de las carreras Little Bastard (Pequeño Bastardo) por la dificultad que suponía conducirlo. Y aún así…

VIAJE HACIA LA MUERTE

Dean estrenó su flamante Spyder el 21 de septiembre de 1955 y dos días más tarde, al coincidir con Alec Guinness en un restaurante, le enseñó su nueva adquisición. El británico, muy visionario, le dijo que aquel biplaza le parecía algo «siniestro», y que no debería conducirlo, porque podría acabar muerto en una semana (que es exactamente lo que ocurrió). No fue el único que notó algo extraño en el Porsche. Ursula Andress ni siquiera se atrevió a subirse y Eartha Kitt comentó que aquel automóvil le transmitía muy malas sensaciones. El 30 de septiembre, James puso rumbo a paso de Robles, para participar en una carrera. Viajaba en compañía de su amigo Bill Hickman, conduciendo una ranchera que remolcaba el Porsche 550, mientras que su mecánico, Rolf Wuetherich, y el fotógrafo Sandford Roth, iban en otro auto. Pero, de nuevo, la impaciencia de Dean le hizo cambiar de planes. Se bajó de la ranchera y se puso al volante de Little Bastard con la excusa de irse acostumbrando a su conducción antes de la carrera. Rolf subió con él.

A pesar de la advertencia de un policía de tráfico que les paró por exceso de velocidad dos horas antes del siniestro, James apenas levantó el pie del acelerador hasta el cruce de la Ruta 41 con la 466. Allí el Ford Custom Tudor que conducía el joven estudiante Donald Turnupspeed chocó con el Porsche, que en aquel momento iba a una velocidad de 89 kilómetros por hora. James no pudo frenar y Little Bastard se estrelló contra un poste quedando convertido en un amasijo de metal. El actor murió camino del hospital; Rolf Wuetherich salió disparado del Spyder y sufrió varias lesiones (moriría en 1981 en un accidente de circulación en Alemania), pero ninguna de gravedad, y el estudiante sufrió heridas leves.

LA LEYENDA NEGRA DE LITTLE BASTARD: ¿INVENCIÓN O REALIDAD?

Little Bastard comenzó entonces un largo y maldito viaje que, según la leyenda, acabó dejando una estela de cadáveres y heridos entre 1956 y 1960, momento en el que se perdió el rastro sobre su paradero. Cuenta Warren Beath, archivista y autor, que la maldición de Little Bastard fue una invención de George Barris, que se quedó los restos del coche de su amigo y tenía un interés obvio en alimentar aquel sortilegio con la intención de aumentar el valor de aquella ruina automovilística. Por otro lado, el historiador de Porsche Lee Raskin, autor de los libros James Dean, on the road to Salinas y James Dean: at speed, ha asegurado que gran parte de lo que se ha escrito sobre esta maldición tiene su origen en el libro del propio Barris Cars os the stars, que publicó en 1974. Así que, aunque la maldición está viva en el folclore, tenemos que acercarnos a ella como si fuera un "divertimento pop" capaz de inspirar una película del peor director de todos los tiempos, Ed Wood.

Pero… basta ya de punto muerto. Veamos qué hemos encontrado acerca del mito y la maldición de Little Bastard. Cuenta la leyenda que después de que George Barris comprara lo que quedaba del Porsche por 2.500 dólares, éste fue trasladado a su taller y, al bajarlo, las cuerdas que lo sostenían se rompieron. El deportivo cayó sobre uno de los mecánicos de Barris y le rompió las dos piernas.

Tras el susto, George lo desguazó y empezó a vender las piezas por separado: el motor, a Troy McHenry; el chasis, a William Eschrid, los dos, apasionados de las carreras, y las ruedas, a un joven de Nueva York. El 21 de octubre de 1956, McHenry y Eschrid participaron en una carrera con las piezas de Little Bastard en sus respectivo coches. El primero perdió el control de su vehículo, chocó contra un árbol y perdió la vida allí mismo, mientras que Eschrid resultó gravemente herido tras sufrir un accidente en una curva del circuito. Cuentan, además, que el joven que adquirió las ruedas tuvo un extraño percance cuando se le reventaron las dos a la vez y acabó en una cuneta.

Tampoco los ladrones se salvaron de esta supuesta maldición. Mientras el coche estaba en el garaje de Barris en Fresno, un hombre perdió uno de sus brazos al intentar robar el volante y, cuando el dueño del auto, cansado de tantas desgracias, decidió aceptar la propuesta de la policía de tráfico de California, que se lo pidió para una exposición ambulante sobre los riesgos del exceso de velocidad, se produjo un incendio en su garaje. Todos los coches quedaron carbonizados. ¿Todos? No. Sólo uno sobrevivió: Little Bastard. Poco después y estando expuesto en un instituto de Sacramento, el que fue adecuadamente rebautizado como el Porsche del Averno, se desplomó de su pedestal rompiéndole la cadera a un estudiante. No hay foto ni datos del joven.

Y no acaba aquí la literatura sobre Little Bastard. En 1958, mientras un camión que lo transportaba estaba aparcado en una colina de Oregón, un inesperado fallo de los frenos hizo que se precipitara contra otro vehículo que había aparcado y, en 1959, cuando estaba en una exposición en Nueva Orleans, el Porsche, sin causa aparente, se desmoronó y se partió en 11 piezas. Y aquí viene lo mejor: cuando Barris recuperó el vehículo y contrató a una agencia de transporte para que se lo llevaran a su casa, el coche, según el propio Barris, desapareció. Jamás llegó a su destino.

Tan hondo ha calado este mito, que hay quien ha seguido las pistas del Porsche 550 hasta el Volvo Auto Museum de Illinois, donde, en una exhibición que coincidía con el 50 aniversario de la muerte de Dean, hallaron la que sería una de las puertas de Little Bastard. Se dice también que algunas piezas del coche están en poder de un familiar del actor –nadie sabe quién, ni dónde, ni cómo se hizo con ellas– y que, además, algunas se han vendido en ese agujero negro de memorabilias varias que es Ebay.

¿Mito? ¿Maldición? No importa si es real o es ficción. Nos ha servido de pretexto para recordar a uno de los mitos malditos del cine: un joven llamado James Dean.

jueves, 26 de octubre de 2017

Leyenda de la mujer colgada



En el pequeño pueblo de la Espiga, la vida era muy placentera, la mayoría de las personas se dedicaban a la alfarería, y recibían turistas de cuando en cuando, no solo llamados por la práctica de esta profesión, sino también por apreciar un poco el paisaje y las pintorescas casitas. A pesar de la gran disposición de que se tenía para atender a los visitantes, extrañamente no se les permitía quedarse en el pueblo después del atardecer, tenían que abandonar las calles, dormir en áreas vecinas y volver al siguiente día muy temprano.

Por supuesto algunas personas sentían curiosidad por este hecho, sin embargo, los pobladores alegaban que era por tradición, y los fuereños no insistían más, aunque no faltan aquellos irreverentes que rompen las reglas solo para salirse con la suya. En esa ocasión, se trataba de un grupo de cuatro jóvenes, quienes, aprovechando un momento de distracción, fueron a esconderse muy bien, antes de que se empezara la despedida de los visitantes.

Los jóvenes, permanecieron ahí después del atardecer, notando que, para entonces, las calles estaban completamente vacías, reinaba solamente el silencio, como si el lugar estuviera inhabitado. Así que vieron la oportunidad perfecta de hacer desmanes. Jugaron unos momentos en el parque, después intentaron entrar a los comercios del pueblo, pero todo estaba cerrado casi a piedra y lodo. En realidad, no tenían mucho por hacer, más que acabarse las bebidas que llevaban en sus mochilas, las suficientes para ponerse ebrios antes de la media noche, empezando una escandalera.

Los habitantes del pueblo les escuchaban, pero lejos de parecer molesto, lucían angustiados, tallándose las manos, sobándose la cabeza, luchando contra la necesidad de abrir la puerta, cuando alguien se acercaba a las aldabas, siempre había algún otro que tocaba su hombro e hiciera negativas con la cabeza o una firme mirada. La escena se volvía más angustiante para las personas encerradas, sobre todo cuando los gritos de festejo de los chicos, cambió el tono.

Podía percibirse en sus notas un terror profundo, tanto que terminaron arañando las puertas rogando que las abrieran, pero nadie atendió aquellas suplicas. Eso pasa cuando se desobedecen las reglas, aunque en ocasiones parezcan tontas o innecesarias, tienen su razón de ser, y estas en particular, estaban hechas para proteger a las personas de un terrible espectro vengativo, que salía cada noche en búsqueda de víctimas. La mujer ahorcada le nombraron los pobladores, porque en sus primeras apariciones, la vieron colgando de un árbol, con semblante de disgusto y la lengua de fuera. Después, empezó a recorrer las calles noche tras noche, llevaba la cuerda en sus manos, buscando poner dentro de ella algún cuello distinto al suyo.

No se sabe de dónde vino, ni se tiene idea de quien pueda ser o su relación con el pueblo, solo apareció ahí un día, raptando gente para colgarla en un árbol donde todos pudieran ver el cuerpo el día siguiente. Afortunadamente para los muchachos, incluso ese feo espectro actúa bajo reglas, y se lleva solamente una víctima, porque tiene solamente una cuerda.



lunes, 23 de octubre de 2017

Blind Maiden – La Doncella Ciega




La leyenda de Blind Maiden es una muestra de las capacidades del horror para expandir sus tentáculos y seguir generando leyendas urbanas incluso en nuestros días. Nacida en el ámbito de la era digital, esta leyenda cuenta con multitud de personas que afirman haberla vivido. Pero, ¿en qué consiste?

Se dice que existe un sitio llamado www.blindmaiden.com (Blind Maiden significa Doncella Ciega), un sitio en el que sólo puedes ingresar si cumples con los siguientes requisitos: 1) debes estar completamente solo, 2) deben ser las doce de la noche en punto y no debe haber luna, y 3) las luces de tu casa deben estar apagadas. Según he averiguado existirían también otros requisitos adicionales que no todos han oído de la leyenda conocen: 4) no deben haber artículos religiosos (crucifijos, estatuillas, rosarios) cerca, 5) debe ser un jueves 23, sea del mes que sea., 6) otras personas dicen que el sitio no es www.blindmaiden.com sino www.blaindmadelaine.com

Quienes han entrado cuentan que lo que primero aparece es un enorme flujo de imágenes perturbadoras, imágenes que en algunos casos son tan horrendas y fuera de lo habitual que, según afirman los testigos, es imposible describirlas con palabras. Pero lo más preocupante (aunque no sea lo visualmente más insoportable) es el archivo de víctimas: una serie de personas sin ojos que aparecen arrastrándose en catacumbas, en cámaras de torturas, incluso en lugares llenos de sombras que se cruzan fugazmente y emiten espantosos alaridos…

Dicen que después de aquello surge una esta pregunta: “¿Te gustaría participar en una experiencia de horror absoluto?”. Si osas acceder observarás atónito y congelado por el espanto como una macabra silueta se mueve por tu propia casa: primero en los lugares más distantes de aquel en el que estás; luego, progresivamente, irás viendo como el espectro se acerca hacia tu habitación. Una vez que entre estarás perdido pues te verás a ti mismo de espaldas en el monitor e irás sintiendo cada vez más la cercanía de aquel espíritu maldito hasta que la situación se vuelva insoportable y tú gires para ver qué hay detrás de ti…Será entonces el final de tu vida aunque en un principio no la parezca ya que lo que primero verás será el fantasma de una hermosa mujer ciega; mas luego, cuando se te acerque lo suficiente, su rostro se transformará de forma espantosa: su mandíbula se alargará y mostrará hileras de filosos colmillos ensangrentados, sus ojos primeramente blanquecinos se transformarán en dos fosas vacías y oscuras, su nariz respingada desaparecerá para dejar su lugar a dos pequeños hoyos; y sus manos se llenarán de largas garras e irán directo hacia ti para arrancarte los ojos, para condenarte a ser otro ciego atormentado en el archivo de víctimas, otro curioso que murió sin dejar más rastro que su imagen en el escurridizo registro digital de los asesinados por la Dama Ciega.

Y bueno, qué dicen: ¿se atreven a probarlo? Ya saben: nada de luces encendidas, hacerlo acompañado o crucifijos en la pared…