domingo, 23 de julio de 2017

Los siete niños de Écija



Es muy frecuente asociar la palabra bandolero con la idea de salteadores de caminos que hacían de las suyas en la zona de Sierra Morena y somos muchos a los que nos viene a la cabeza la imagen del mítico personaje de televisión Curro Jiménez, quien encarnaba todas las bondades, y evidentemente maldades, de estos populares forajidos.

Aunque el bandolerismo en España puede situar su origen hacia finales del siglo XIV, y éstos han campado a lo largo y ancho de toda la geografía española, bien es sabido que la época de mayor esplendor y actividad de esas bandas rurales se encuentra durante las dos primeras décadas del siglo XIX, siendo el principal de sus objetivos los intereses franceses en Andalucía durante el periodo de la España napoleónica.

Pero en un principio muchos de ellos no eran simples asalta caminos, sino que la mayoría pertenecían a guerrillas patrióticas que luchaban contra los galos, con la intención de expulsarlos del país. Una vez finalizada la Guerra de la Independencia, y restaurada la monarquía absolutista de Fernando VII, un gran número de integrantes de esas cuadrillas quedaron proscritos y perseguidos por la ley, convirtiéndose en temidos bandoleros que, entonces sí, se centraron en robar y asaltar a todo aquel que transitaba por los montes y caminos.

Una de las bandas más famosas fue la bautizada como ‘los siete niños de Écija’ y la peculiaridad que tenían estos bandoleros es que no se trataba en realidad de niños, como es de suponer, aunque sí que la mayoría de los integrantes se unieron a esta cuadrilla siendo relativamente jóvenes.

Se movían por los alrededores de la población de Écija y durante sus años de actividad llegaron a controlar por completo todo el tránsito de la carretera principal que unía Sevilla con Córdoba.

A la hora de asaltar o atacar un objetivo siempre lo hacían siete miembros de la banda, aunque en realidad el grupo estaba compuesto por muchos más integrantes. Cada vez que alguno de ellos era detenido, herido o moría, otro bandolero lo suplía, por lo que siempre había siete componentes.

No todos los integrantes eran antiguos miembros de las guerrillas patrióticas, sino que la banda era una amalgama de personajes cuyos orígenes y motivos por los que estaban allí eran muy diversos, aunque la mayoría terminaban uniéndose tras haber cometido algún delito de sangre.

Uno de sus componentes más conocidos fue José Ulloa ‘Tragabuches’, un famoso torero en su época que tuvo que refugiarse en los montes al huir de las autoridades tras asesinar a su compañera sentimental y al amante de esta.

Otro peculiar bandolero fue Fray Antonio de Legama, un sacerdote que se unió a la guerrilla contra los franceses y que tras la marcha decidió continuar su vida como forajido, convirtiéndose en uno de sus miembros más activos.

La nobleza también tuvo un destacado representante entre los bandoleros: Francisco Huertas, miembro de una aristocrática familia que decidió echarse al monte y unirse a una partida de forajidos. Algunas fuentes señalan que, a pesar de haber nacido en Écija, Francisco Huertas no perteneció a la banda de los siete niños. Una peculiaridad sobre este ‘noble’ bandolero es que, tras ser ejecutado, a su entierro acudieron los más insignes hombres e importantes autoridades de la época.

Múltiples son las crónicas que hablan de un personaje llamado ‘Juan Palomo’ y que lo sitúan como uno de los cabecillas de la temida cuadrilla de bandoleros ‘los siete niños de Écija’. Alrededor del mismo han nacido docenas de leyendas e historias orales, por lo que no se sabe a ciencia cierta qué cosas son verdad y cuáles forman parte del mito en todo lo que tiene relación con él. Entre lo mucho que se ha escrito, hay quien asegura que la famosa expresión ‘Juan Palomo, yo me lo guiso y yo me lo como’ nació a raíz de este bandolero y de su particular egoísmo a la hora de querer repartir parte de los botines.

Todo parece indicar que el final de los siete niños de Écija como cuadrilla de bandoleros se produjo en el año 1818, en el que tras una importante abatida pudieron dar con casi todos los miembros, fueron juzgados y los ajusticiaron (la mayoría murieron en el garrote vil). Tras el duro golpe al núcleo central de la banda, el resto de componentes que pudieron salvar sus vidas huyeron hacia otros puntos y continuaron sus actividades en otras cuadrillas, quedando disuelta definitivamente la de ‘los siete niños de Écija’.

Muchísimo se ha escrito sobre estos peculiares personajes que se hicieron inmensamente famosos en la cultura popular. Múltiples son las coplillas que se cantaban en las que se relataban las aventuras de los siete niños de Écija, entre ellas una famosa canción ‘Coplas de los siete niños’ que popularizó Concha Piquer y que años más tardes se hizo todavía más famosa en la versión de Encarnita Polo y su ‘Paco, Paco, Paco’.



miércoles, 19 de julio de 2017

Leyenda de el Conde Arnau



De la poza conocida como el Gorg dels Banyuts cuentan que cada noche, entre las diez y las doce, sale del infierno el fantasma del conde Arnau. A lomos de su caballo negro, rodeado de fuego y acompañado de una jauría infernal, se lanza a una cacería nocturna por las tierras de Gombrén, Ripoll, Montgrony y Mataplana, en la comarca del Ripollés (Gerona). El canto de un gallo negro en la roca escarpada llamada Crest del Gall avisa al diabólico conde de que su peculiar recreo acaba y debe regresar al averno. «Solo le perdonaron dos horas al día», apunta Pau Ortiz, guía de la asociación de educación ambiental Alt-Ter, que muestra a los visitantes los parajes vinculados a la leyenda del conde Arnau.

Este mítico señor feudal, cuya ambición y lujuria no tenía límite, dominó aquellas tierras con puño de hierro. «Saqueaba pueblos y castillos, esquilmaba a sus vasallos y a quienes se resistían los ahorcaba y dejaba colgados de las almenas de su castillo», además de perseguir a las campesinas más jóvenes y bellas, a las que llevaba a castillo de Blancafort «para que le sirvieran como esclavas y satisfacieran todos sus antojos», según el relato que recoge Luis Díaz Viana en «Leyendas Populares de España».

«Existió un Arnau de Mataplana, conde de Pallars, en el siglo XIV que coincide con el personaje legendario», explica Pau Ortiz. El conde Arnau real «parece ser que era muy mujeriego y abusaba del derecho de pernada» por el que podía acostarse con cualquier doncella de su feudo antes de que contrajera matrimonio con alguno de sus siervos. Como muchos de aquellos señores feudales del siglo XIV, practicó los Malos Usos que permitían el maltrato a sus vasallos, y debió de emplearse a fondo ya que aún se le recordaba doscientos años después, cuando su leyenda apareció como canción popular. Manuel Mila i Fontanals la recogió en sus Observaciones sobre la poesía popular en 1853.

«Todos aplicaron los malos usos, pero la gente tiende a abreviar, de forma que en el conde Arnau se identificó a todos los malos señores», considera Ortiz.

Al señor de Mataplana se le creía condenado a vagar eternamente por no pagar a sus vasallos por los 144 escalones tallados en la roca que llevan hasta la iglesia de San Pedro (Sant Pere) de Montgrony. «Probablemente fueron talladas en el siglo VIII o IX como acceso al castillo que construyeron allí los carolingios y del que solo queda hoy la iglesia», explica el guía de la zona. Con el tiempo, una vez desaparecido el castillo, la gente del lugar comenzó a relacionarlos con el conde Arnau ya que, comenta irónico Ortiz, «si tienes un diablo a mano, o un personaje así, la culpa seguro que es suya».

Sacrilegio

Su figura, evocada con rasgos diabólicos, se asoció con otro hecho que caló profundamente en la región. En el año 1017 fueron expulsadas las monjas del convento de San Juan de las Abadesas por orden del Papa debido a la supuesta vida díscola de la comunidad, aunque el motivo real fuera la ambición del conde de Besalú, Bernardo Tallaferro, por anexionarse las tierras controladas por la abadía. La carga que aparecía en la bula de Benedicto VI «las acusaba de ser "meretrices de Venus", es decir, prostitutas», apunta Ortiz.

Las historias del conde Arnau y la bula papal acabaron uniéndose en la más famosa de las leyendas del conde Arnau, pese al salto en el tiempo de tres siglos existente entre una y otra. Así fue cómo comenzó a decirse que desde la profunda sima de Forat de Sant Ou, otra puerta al infierno del conde Arnau, existía un túnel de 20 kilómetros que conectaba en línea recta con el convento de San Juan de las Abadesas, con salida en el pozo del claustro.

«La leyenda no hablaba en principio de ninguna abadesa, pero los poetas de la Renaixença añadieron más carne al asador señalando a la abadesa Adelaisa como la elegida por el conde Arnau», explica el guía de la ruta del conde Arnau.

Algunas versiones de la leyenda dicen que Adelaisa murió por los sufrimientos que le causaba la persecución del conde, otras que se convirtió en cierva hasta que Arnau le dio muerte, las hay que señalan que la monja cedió a las pretensiones del conde y ambos murieron en una cacería nocturna y otras, que Arnau la persiguió a caballo durante toda una noche hasta que los perros se revolvieron contra él, dándole muerte. Así explican por qué supuestamente se aparece a la caza.

Otros relatos apuntan a que cayó al infierno arrastrado por un diablo en el Gorg dels Banyuts y que fue condenado a su cacería nocturna por haber abandonado una misa en la iglesia de San Lorenzo (Sant Llorenç) de Campdevànol al oír los ladridos de sus perros de caza. Incluso se dice que no llegó a morir porque se había hecho con una espada que lo hacía invencible, así como con una bolsa de monedas que no se terminaba o un objeto mágico por el que las mujeres caían rendidas a sus pies...

Joan Maragall, que veraneaba en San Juan de las Abadesas, investigó durante una década esta leyenda y dibujó en su obra a un conde Arnau que finalmente se salva gracias a una inocente muchacha. Su poema en tres partes popularizó las historias de este mítico señor feudal del que también se ocuparon Jacint Verdaguer, Josep Romeu i Figueras o Josep Maria de Sagarra y que aparece en la tradición más erudita casi como un héroe nacional.

De diablo a héroe

Hay versiones que señalan al conde Arnau como uno de los Nueve Barones de la Fama que reconquistaron los territorios a los sarracenos, según esta leyenda propagada por las más importantes familias nobles para prestigiar sus alcurnias.

«Mientras los miembros de la tradición oral enfatizan los rasgos diabólicos de la personalidad en Arnau de Mataplana, la tradición escrita intenta justificar, en función de un contexto histórico concreto -el feudal- los rasgos despóticos del protagonista, viéndole no sólo como un déspota, sino también como un héroe nacionalista y libertador de su pueblo», explicó Joan Prat en 1994 y recoge Luis Díaz en su obra sobre las leyendas españolas.

El antropólogo del CSIC recuerda que «aunque en las sagas vikingas -por ejemplo- el cazador nocturno suele identificarse con el diablo, en algunas variaciones de la leyenda artúrica será el rey-héroe quien se convierta en cazador eterno». Y es que, concluye, «las leyendas de personajes como Arnau y Arturo hablan de un tiempo que, por remoto, admite la reconstrucción más mítica y fantástica de ciertas identidades».

sábado, 15 de julio de 2017

El Silbón



El Silbón es un personaje legendario de Venezuela, especialmente de Los Llanos, descrito como un alma en pena. La leyenda del Silbón surgió a mediados del siglo XIX.

Según la leyenda, consiste en el fantasma de un joven que asesinó a su padre y lo destripó por haber asesinado a su esposa diciendo que era una "mujerzuela" y que se lo había buscado. Tras este hecho, su abuelo mandó a atar al joven a un poste en el medio del campo, a destruirle la espalda a latigazos, que sus heridas fueran lavadas con aguardiente, y a liberarlo junto a dos perros hambrientos y rabiosos. Antes de liberarlo su abuelo lo maldijo y condenó a portar los huesos de su padre por toda la eternidad. ​

Tiene un silbido característico que se asemeja a las notas musicales do, re, mi, fa, sol, la, si, en ese mismo orden, subiendo el tono hasta fa y luego bajando hasta la nota si. Se dice que cuando su silbido se escucha muy cerca no hay peligro, ya que el Silbón está lejos, pero si se escucha de lejos significa que está muy cerca. También se dice que escuchar su silbido es presagio de la propia muerte. Puede estar en cualquier sitio en cualquier hora. Tal parece que si se siente el silbido de lejos lo único que puede salvar a la persona es el ladrido de un perro, ya que es lo único que le aterra, un ají o un látigo. El ánima suele vengarse de los hombres mujeriegos.

Leyenda

Muchos habitantes de los llanos cuentan haberlo visto sobre todo en verano, época en que la sabana venezolana arde bajo el rigor de la sequía y el Silbón se sienta en los troncos de los árboles y recoge polvo en sus manos. Pero es principalmente en los tiempos de humedad y lluvia cuando el espectro vaga hambriento de muerte y ávido por castigar a borrachos, mujeriegos y de vez en cuando a una víctima inocente. Cuentan que les succiona el ombligo a los borrachos cuando los encuentra solos en el llano para beber el aguardiente que ellos ingirieron, y que a los mujeriegos los despedaza, les quita los huesos y los mete al saco donde guarda los restos de su padre.​

Dicen que luce como un gigante alargado de seis metros que camina moviéndose entre las copas de los árboles mientras emite su escalofriante silbido y hace crujir, dentro de su viejo y harapiento saco, los pálidos huesos de su desafortunado padre o, algunos afirman de sus múltiples víctimas. Otras dicen que se presenta como la sombra de un hombre alto, flaco y con sombrero, sobre todo a los borrachos.

Cuentan que, el Silbón puede aparecerse cerca de una casa ciertas noches, dejando en el suelo el saco y poniéndose a contar los huesos uno a uno. Si una o más personas lo escuchan, no pasará nada, pero si nadie lo escucha, al amanecer un miembro de la familia de la casa ya nunca se despertará (morirá al amanecer).

martes, 4 de julio de 2017

El Collar de la Encantada



En la Murcia visigoda vivía una joven condesa llamada Ordelina, prometida desde niña al noble Sigiberto según los dictados de su padre. Sucedió que el padre de la doncella murió poco antes de que se celebrase la boda, con lo que la heredera, viéndose libre del compromiso contraído con Sigiberto, decidió casarse con su rival. La ceremonia se celebró la víspera de San Juan, aún recientes los funerales del padre. Y estaban a punto de consumar la unión en esa noche mágica cuando el espíritu furioso del padre se les apareció, y reprochándole a su hija la traición y la impaciencia para celebrar su boda, arrancó su alma del cuerpo en brazos de su esposo, quien se encontró abrazando a un cadáver.

El alma encantada de la doncella fue recluida, junto con sus joyas y sus pertenencias, al lugar conocido como Benamor, en una caverna escondida tras un peñasco de donde solo podría salir unas horas, siempre en la noche de San Juan. Y ahí la dejó, custodiada por un enorme esclavo fantasmal.

Durante muchas generaciones, siempre hubo alguien que decía haberla visto deambular por los alrededores de su cárcel eterna, como un espectro que se paseaba cubierto de joyas, arrullado por el murmullo del agua que manaba de una fuente cercana, siempre en la noche de San Juan, siempre desapareciendo apenas llegaban las primeras luces del alba. Y aunque el espectro jamás mostró animosidad hacia nadie, pocos se atrevían a acercarse al lugar maldito.

Pasaron años, siglos, conquistadores que iban y se marchaban de Murcia. Y así, cuentan que en el siglo XV de nuevo otra joven de singular belleza habitó las cercanías de Benamor. Hija del comendador de la villa, siendo tan hermosa como era, no eran pocos sus pretendientes, a los que ella no tomaba demasiado en serio y con los que jugaba, caprichosa y consciente de sus encantos.

El más constante de ellos, don Pedro López de Villora, decidió poco antes de San Juan pedirle que definiera de una vez sus intenciones. Y ella no tuvo mejor idea que pedirle que le trajera el collar de perlas que se decía que lucía el espíritu de la dama de Benamor cuando paseaba las noches de San Juan, en prueba de su amor.

Pero don Pedro era un valiente guerrero, que no podía amedrentarse y mucho menos tratándose del espíritu de una doncella que, a buen seguro, ningún daño podía hacerle. Así que acudió en la fecha señalada a los alrededores de la cueva maldita, de donde, en efecto, vio salir casi flotando a una dama pálida, lánguida... aunque sin la joya preciada en su cuello. Se acercó entonces a ella y le habló de cómo necesitaba su collar para alcanzar el amor soñado, mientras la muchacha espectral le miraba, entre divertida, entristecida y sorprendida por la valentía -y la impertinencia- del muchacho.

Habiendo escuchado la historia, ella volvió sobre sus pasos y entró en la cueva seguida del caballero, descendieron por unas escalinatas labradas en la misma piedra y llegaron a una puerta que la mujer golpeó suavemente. La abrió el fantasma negro que llevaba guardando a la mujer todos estos años, pero se mantuvo quieto, a la espera. Y mientras don Pedro empezaba a sudar y a temblar ante la presencia del peligroso ser con el que no había contado, la mujer entró en la sala, abrió un cofre y sacó de él el collar que le había pedido, dejándolo en sus manos. Pero entonces el guardián espectral susurró con una voz gélida que parecía introducirse directamente en uno, más allá de los huesos, que nada de cuanto en ese lugar se hallaba podría volver jamás al mundo de los vivos. Don Pedro, nervioso y frustrado por estar tan cerca de su objetivo, lanzó una estocada con su espada al lugar donde debiera haberse encontrado el corazón de la figura... para verse envuelto al instante en una nube oscura de humo que le asfixiaba. Lo último que oyó fue el llanto suave de la mujer espectral.

A la mañana siguiente unos pastores encontraron el cuerpo del joven enamorado muerto y sin ninguna señal de violencia, y lo llevaron al pueblo. Y nuestra caprichosa protagonista, sabiéndose responsable de haber llevado a la muerte a don Pedro, quedó al instante muda de por vida.

Cuentan aún que en la noche de San Juan sigue paseándose la dama de Benamor... pero hace tiempo ya que nadie ha vuelto a intentar hacerse con ninguno de los tesoros que se ocultan en su morada. Saben que son solo para el disfrute de los muertos.

miércoles, 28 de junio de 2017

Leyenda de Amarca



En viejos romances canarios corría de boca en boca la triste historia de Amarca, la celebrada doncella indígena. Tan gallarda era su figura, tan peregrina su belleza que llegó a ser envidiada de todas las doncellas. Tenía su morada en las bellas alturas de Icod. Su rústico albergue parecía como un nidal colgado en las crestas de la montaña, para sustraerse a las miradas y a las ambiciones, esas aves rapaces, embaucadoras, que se llevan a las muchachas guapas. Hasta el rústico hogar de la doncella llegó un día Belicar, el último Mencey , Rey y señor de los dominios de Icod y se quedó atónito y deslumbrado ante la extraordinaria belleza de la joven. Desde aquel día memorable se acrecentó su fama y corrió como fausta noticia por todo el Menceyato. Una condición tenía la moza que contrastaba con lo humilde de su linaje: su natural altivo y desdeñoso. Amarca se veía continuamente asediada de amores por muchísimos hombres y otras tantas veces sembró el dolor y la decepción en sus amantes. ¿ A quién amará Amarca?, preguntábanse intrigada los zagales. ¿Para quién será el corazón de aquella belleza hija del Teide?. Guarecida a las faldas del coloso siempre entre las nieves. Uno de los más aguerridos vasallos del Reino, Garigaiga, el pastor, había enloquecido por Amarca. Ella esquivaba su cariño; repudiaba su pasión local, desenfrenada. Repelía al hijo del Volcán, el de la tez y morena y los brazos recios como robles.

Enloquecido por el dolor de verse desdeñado, una tarde mientras los horizontes se teñían de sangre y el sol moribundo plateaba las aguas del Océano como un riera de luna en una noche de misterio, vió que Garigaiga, en el borde de un alto precipicio, agitaba sus brazos como banderas en la premura. Vió arquear el cuerpo hacia delante, hundir la cabeza sobre el pecho y partir veloz hacia el abismo. La noticia del trágico suceso no tardó en extenderse por todas partes. Las mujeres, culpaban su egoísmo, y a sus desdenes atribuían la muerte del pastor. De pronto Amarca desapareció, nadie sabía cual había sido el destino de la doncella. Sólo un anciano que una mañana la había visto descender de las cumbres y caminar como una sonámbula hasta las orillas del mar, se hallaba en posesión del secreto. Que no la buscasen más, parecían decir sus labios fríos y trémulos plegados para siempre, y el anciano aquél lo contó todo. Una semana al brillar los primeros destellos del sol, vió que Amarca se arrojaba al abismo, y después de luchar con el bravo oleaje, se la llevaba mar adentro una ola alegre y corretona como un niño.

Era la época del "Beñesmén", de la sazón y de la riqueza de las mieses, eran los días de placidez y de luz, y todo se sumió en sombras y lágrimas... Amarca había aparecido muerta sobre las arenas de la playa, la habían matado un remordimiento muy hondo. El Mencey Belicar mandó que se cantasen tristes endechas; que se encendiesen luminarias en los cerros, y que los más fornidos mozos, como real costumbre en los días aciagos, azotasen con sus varas las aguas del mar. Mandó también que se ungiese su cuerpo con los más olorosos perfumes, que no en vano era la flor más preciada de la comarca. Al cabo de los años cuando algún nocturno caminante cruzaba las cumbres del Teide, un lamento extraño escalofriante, le detenía acongojado. Era una voz débil, apagada, dolorida, que parecía surgir del fondo del barranco. Era aquel mismo clamor de súplica, de pena, de trágica agonía que tantas veces balbucearan los labios febriles de Garigaiga, el loco: "Amarca......hermana Amarca".



viernes, 23 de junio de 2017

Pueblo Fantasma de Mengollo (Asturias).



Abril de 1.854: el cura párroco de Casares descubre que todos los habitantes del pueblo de Mengollo, en Quirós, habían muerto. Era una veintena de cadáveres. El cura visitaba el pueblo después de meses, pues las nieves lo dejaban aislado durante el duro invierno. Cuando llegó a un alto desde donde se divisaba el pueblo no se dio cuenta de que las chimeneas no humeaban. Según se fue aproximando, le extrañó el silencio. Cuando estaba cercano a las casas encontró un vecino sin vida. Asustado, se encaminó hacia las viviendas, cuando la imagen le sobrecogió. Más cuerpos inertes en el exterior. Entró en las viviendas gritando, para encontrarse a todos sus feligreses muertos. Describió de esta manera lo encontrado:


Las pinas callejas del pueblo estaban pobladas de cadáveres. La puerta de la iglesia permanecía abierta y tres o cuatro vecinos, en estado de putrefacción, yacían dentro, abrazados a los santos. Y los niños de pecho que había en el lugar estaban también muertos, abrazados a sus madres, que estaban tiradas entre la nieve que aún había en Mengoyo». La escena era dantesca y trágica.

Allí inspeccionaron los cadáveres, no había signos de violencia, y después de muchas deliberaciones atribuyeron las muertes al consumo del pan. Algo envenenó el alimento. Un cerdo permanecía muerto con restos de pan en su estómago.


La sabiduría popular acusó a la salamandra de ser la causante de envenenar el agua con que se elaboró la masa. También se dice que pudo haber sido a consecuencia de una planta venenosa que crece entre la escanda, y esta estaba mal cribada, el bollo fue echo con este cereal, En la Semana Santa era de costumbre elaborar pan de dulce y un vecino lo hacía comunalmente para todo el pueblo se sirvió después a todos los vecinos y perecieron envenenados.


Una fosa común albergó aquellos cuerpos en aquel mismo lugar. Los vecinos de Villagondu se llevaron la panera a su pueblo, y todavía permanece allí como testigo de una catástrofe. Las autoridades decidieron quemar el pueblo para eliminar todo peligro de infección por la peste u otra enfermedad. Así desapareció el pueblo de Mengollo. Durante años, los ganados no se enviaban a aquellos pastizales y la maleza se adueñó de aquel lugar, antaño poblado. Las ruinas de tres casas, entre helechos, en Mengollo, junto con varias construcciones auxiliares, son el testigo mudo de un misterio sin resolver.

domingo, 11 de junio de 2017

La Casa del Duende



La Casa del Duende estaba situada entre las calles Duque de Liria, Mártires de Alcalá y la plaza Seminario de Nobles. Esta casa, al igual que otras muchas de la época, fue construida en las primeras décadas del siglo XVIII por orden del rey para ser arrendada a sus criados, lacayos y personal de confianza. La casa pasó por varias manos, hasta que fue alquilada por unos hombres que la utilizaban por las noches como centro de reunión para juegos y grandes apuestas de dinero.


Fue entonces cuando una noche se originó una discusión entre varios de ellos y de repente se abrió una puerta interior y apareció un hombre bajito muy barbudo que les impuso silencio. Al principio se callaron pues estaban todos desconcertados con la aparición de aquel duende misterioso, pero cuando terminaron de indagar quién podía ser y cómo podía haberse colado en la casa, como quiera que fuera la cosa volvieron a enzarzarse en la discusión que habían suspendido. Sin saber cómo ni de dónde salieron, media docena de enanos armados con garrotas se abalanzaron sobre los jugadores y los golpearon. Los hombres salieron huyendo y nunca más volvieron al lugar.

Tiempo después, la casa fue comprada por doña Rosario de Benegas, marquesa de Hormazas, que se instaló en la segunda planta. Andaba la marquesa todavía con el traslado e intentando adecuar la decoración a sus gustos, cambiando cortinajes y demás detalles, cuando echó en falta un cortinón y una imagen del Niño Jesús en su cuna que había traído de su anterior domicilio. Enfadada por el extravío, se encontraba la marquesa dando una buena reprimenda a sus sirvientes cuando, de forma sorpresiva, entró en la habitación un enano con la imagen del Niño Jesús en sus manos y, tras éste, cuatro enanos más portando el cortinón que le faltaba. La marquesa no tardó ni dos días en poner pies en polvorosa, poniendo la casa a la venta sin tan siquiera haber vivido en ella.


La casa quedó deshabitada durante un tiempo, como en otras ocasiones entre compra y compra hasta que se instaló en ella don Melchor de Avellaneda, un canónigo de Jaén. Un buen día, cuando escribía al obispo de su diócesis para pedirle cierto libro del padre Tineo que necesitaba para sus sermones, justo antes de rubricar la carta, levantó la vista y vio asombrado como ante él aparecía un enano vestido con un traje de monaguillo que portaba en sus manos el libro que en ese mismo momento estaba pidiendo al obispo.

En esta ocasión, en lugar de salir corriendo, don Melchor se dedicó a buscar y rebuscar el lugar por donde había venido y por donde había desaparecido el misterioso duende, pero la búsqueda fue infructuosa. El canónigo decidió obviar el hecho, pero pocos días después se disponía a dar misa en el convento de los Afligidos y necesitaba una vestimenta apropiada al día, ordenando a un paje que fuera a la casa a buscarla. El paje, con la vestimenta bajo el brazo y cuando se disponía a cerrar la puerta de la casa para volver al convento, oyó en el interior una vocecilla curiosa que dijo: “No es ése el color de este día, vuelve a por los ornamentos que corresponden”. El paje se dio la vuelta lentamente y vio la figura de un enano burlón que rápidamente desapareció como el viento. Le contó lo ocurrido al clérigo jurando que no volvería a esa casa y don Melchor, parece ser que un tanto harto de tanto enano, decidió también abandonar el lugar.


El canónigo cedió la casa a Jerónima Perrin, una lavandera que vivía en el piso de arriba, hasta que acabase el contrato de alquiler o hasta que encontrara un piso donde alojarse. Cierto, día la mujer sedisponía a lavar unas mantas propiedad de la marquesa de Valdecañas. Hecho esto, y como era costumbre en las orillas del Manzanares, dejó la ropa oreándose al sol y al viento. Se fue a casa a comer con la intención de volver más tarde a recoger la ropa, pero cuando estaba en casa se desató una terrible tormenta que le impidió salir a por ella. Mientras miraba por la ventana de la buhardilla imaginando el enfado de la marquesa, que necesitaba la ropa para esa misma noche y a la que se conocía por su mal carácter, escuchó un portazo en el portal de la casa. Al bajar, se encontró con tres enanos empapados que portaban una cesta enorme con toda la ropa. Se dice que la lavandera, que había escuchado ya todos los rumores sobre los pequeños duendes, abandonó la casa ese mismo día.

Las historias habían llegado al Santo Oficio, quizás por los aportes clérigo. Así que la Inquisición se puso manos a la obra con el ánimo de expulsar a los demonios del lugar.


Se tomó declaración a varios testigos y se realizó una minuciosa búsqueda por todo el inmueble, hasta el último rincón, desde la cueva del sótano hasta la buhardilla que habitó la lavandera. Pero no se encontró nada ni a nadie. por ello comenzaron a pensar en espíritus diabólicos, y por orden inquisitorial, un día al atardecer, se presentó frente a la casa una comitiva religiosa presidida por el obispo de Segovia. Llevaban enormes velones, agua bendita y mucha sal. El obispo vertió sobre las paredes muchos litros de esta agua que él mismo había bendecido y muchos kilos de sal, y pronunció centenares de rezos y aleluyas con los que dio por concluido el supuesto exorcismo.

Según algunas versiones de la leyenda, los vecinos del pueblo se dirigieron a la casa con picos para derribarla; ésta, poco tiempo después, fue incendiada y cayó en el olvido. Pasaron muchos años, y, según se dice, las gentes de repente vieron abrirse una trampilla muy disimulada entre los escombros de la parte del sótano y cómo de ella salían nueve enanos, de los que se cuenta que eran falsificadores de moneda y que utilizaban la noche para salir a distribuirla.


Otra versión cuenta que, tras muchísimos años, la casa se derribó para construir el inmueble que hay hoy allí, y que los obreros, cuando llegaron a ala parte del sótano, del que desconocían su existencia, encontraron a nueve enanos demacrados entre un montón de máquinas para falsificar dinero. Según un acta de la Real Academia de las Bellas Artes de San Fernando, que estudia la arquitectura del edificio, se asegura que la moneda que falsificaban en el edificio eran doblillas de oro del Brasil y que todo fue un montaje de estos pillos que se inventaron una farsa en la que involucraron a varios enanos para atemorizar a los inquilinos y que les dejasen falsificar en paz.

Fuese como fuese, no cabe duda de que esta es una de las leyendas de Madrid más rocambolescas que podemos encontrar, con enanos, la inquisición y hasta el mismísimo Fernando VI involucrados en ella.