jueves, 23 de agosto de 2018

El castigo de los monos



Cuenta una antigua leyenda de África que hace miles de años los monos hacían compañía a los humanos en sus pueblos y aldeas, además de que tenían la misma capacidad para hablar que los hombres, conviviendo y trabajando codo con codo. Pero un buen día los hombres decidieron celebrar una fiesta por todo lo alto, en la que sonaron los tambores y corrieron litros de vino de palma, prolongándose los bailes y festejos durante toda una semana. Las 200 tinajas de vino que el jefe de la tribu encargó para tal fiesta llegaron a terminarse, pero no sin que el mismo jefe hubiese bebido de ellas más que el resto de asistentes.

Al día siguiente de terminar tamaña celebración el jefe decidió ir a visitar la aldea de los monos, preso de las consecuencias de tanta bebida. Con las piernas temblorosas y la visión nublada pero con gran alegría en su corazón llegó finalmente a la aldea, pero para su sorpresa y decepción los monos decidieron reírse de él y de su resaca. Durante largo rato se burlaron del jefe de los hombres hasta que este decidió que ya le habían faltado bastante al respeto y se marchó muy enfadado.

El jefe de los hombres expresó entonces sus quejas por el mal comportamiento de los monos ante el dios Nzamé, quien prometió hacer justicia. Y así fue como Nzamé mandó llamar al líder de los monos y le pidió explicaciones por su mal comportamiento, pero sólo obtuvo el silencio como respuesta y le condenó a vivir el resto de sus vidas al servicio de los hombres para reparar la falta.

Pero cuando los hombres requirieron del trabajo de los monos estos le contestaron que jamás les servirían, y el jefe de los hombres tramó un plan para poder castigar tal insolencia. Otra gran fiesta fue organizada pero en algunas tinajas se sirvió vino con unas hierbas narcóticas, y después se marcaron aquellas que contenían vino normal para que los hombres no se equivocaran de tinaja. Los monos llegaron pronto y comenzaron a bailar y a beber sin control, hasta que pasado un tiempo sintieron una gran pesadez en los párpados y quedaron dormidos, siendo rápidamente atados por los hombres.

Los monos despertaron de la peor de las maneras, recibiendo los latigazos de los hombres y tratando sin éxito de evitar los golpes. Una vez que los latigazos cesaron, los monos fueron relegados a realizar las peores tareas de la aldea, pero pasado un tiempo se encararon con los hombres denunciando el trato al que había sido sometidos, pero tal acción sólo tuvo como consecuencia que los hombres decidiesen además cortarles la lengua.

Y así fue como los monos decidieron escapar de la crueldad del hombre y marcharse a lo más profundo de la selva, desde donde aun continúan emitiendo sus chillidos y saltando como si todavía estuviesen recibiendo latigazos.

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