jueves, 2 de junio de 2016

El pozo de los sacrificios, un siniestro descubrimiento en Belice



En el medio de la noche un hombre despertó entre una multitud de gritos desesperados que rasgaban el silencio nocturno. Nuestro hombre, un tranquilo granjero menonita (una vertiente religiosa extremadamente conservadora) vivía al interior de Belice y llevaba una vida humilde teniendo que trabajar muy duro desde temprano. Los gritos helaban la sangre y evidentemente hicieron que se preocupara. Ordenando a su esposa e hijos que se atrancaran en casa, tomó un candil y salió con dos de sus perros para averiguar de dónde provenían los gritos. Los animales lo condujeron hasta un barranco tupido de grutas, y una vez allí empezaron a ladrar descontroladamente.


Fue entonces cuando el hombre descubrió que los alaridos venían del interior de una de estas cavernas y se dispuso a investigar. Allí dentro había una grieta en el suelo, y un extraño había caído de una altura de 18 metros al fondo de una profunda cámara inmersa en la oscuridad. Solicitó la ayuda de los vecinos y, apoyados con una cuerda, lograron rescatar al hombre que se había roto ambas piernas con fracturas expuestas.


Sin embargo, lo que más terminó llamando la atención no fue el simple hecho de que alguien hubiera caído ahí, sino el lugar en sí.

En el pasado, Belice fue una prospera región bajo el dominio de la civilización maya. Los mayas salpicaron el interior y las montañas de esta región con ciudades y templos que después serían abandonados transformándose en ruinas. La pequeña gruta ocultaba el sitio de acceso a un lugar usado por los mayas en sus rituales religiosos.


El hombre que había caído en el foso se dedicaba a saquear artefactos arqueológicos, aunque una ocupación de índole criminal en Belice, muy difundida entre los ciudadanos de bajos ingresos. Una pieza arqueológica puede ser vendida por algunas decenas de dólares en una feria a los extranjeros, sin mencionar que los artículos de oro o plata pueden valer mucho más si se les funde. El sujeto ya había escuchado rumores sobre artefactos que pertenecieron a la civilización maya y que supuestamente se encontraban allí. Lo único que logró encontrar fueron una caída terrible y un lugar espantoso.


La gruta empezó a ser referida como “Mitnacht Schreknis Heel” que en Bajo alemán menonita (el dialecto usado por los menonitas de la región) significa “Caverna del terror nocturno”. Un nombre que iba muy ad hoc con el ambiente del lugar.


Una de las razones para aquellos gritos desesperados del saqueador no tenía nada que ver con el dolor. Después de tratar de orientarse en la oscuridad, el hombre aterrizó sobre una enorme montaña de huesos humanos. Miles de huesos ancestrales apilados en la oscuridad desde hacía miles de años. Cuando encendió un fósforo se encontró con aquel indescriptible horror. Sus gritos hacían eco, como si estuviera en la antesala del infierno.


Arqueólogos y especialistas en antropología forense de la Universidad de Belmopán, así como profesores de la Universidad de California fueron llamados para examinar el descubrimiento. Incluso estos especialistas se sorprendieron con el hallazgo. Los huesos habían sido acumulados a través de un largo periodo que posteriormente se determinó, por pruebas de radiocarbono, se remontaba a 1,500 años en el pasado.


Al principio creyeron que era un cementerio primitivo. Los cadáveres simplemente eran arrojados a esta grieta y se fueron apilando en el fondo. Sin embargo, un análisis más detallado encontró que los rituales no correspondían y que en aquella gruta no habían tenido lugar entierros, sino sacrificios humanos.


La primera pista vino de los extraños símbolos en las paredes y en el suelo de roca. Las imágenes y pictogramas apuntaban a un templo de devoción al dios maya de la lluvia, Chaac. Esta deidad se consideraba un dios guerrero, y según la mitología portaba un hacha compuesta de pura electricidad. Creían que los rayos que rasgaban el cielo representaban la lámina del arma cortando las nubes y provocando que dentro de ellas naciera la lluvia. Considerado un dios caprichoso, Chaac tenía que ser apaciguado en las épocas de grandes inundaciones o cortejado cuando había sequía. De él dependía la existencia de estas ciudades y el ciclo de cosechas de maíz.


Los sacerdotes iban vestidos con trajes largos, capas azules y portaban hachas afiladas. Ejecutaban danzas, girando y moviéndose con locura en la oscuridad, siempre bajo la influencia de mezcal y peyote. A veces, un sacerdote hería a un fiel o a un compañero de ritual. En ese caso, se consideraba que la voluntad de Chaac se había manifestado y tenía que hacerse un sacrificio. Como muchas de las deidades del panteón maya, Chaac era un dios sediento de sangre. Pero no era suficiente con que derramaran sangre en su nombre. Tenía que ser un sacrificio significativo.


Según los estudiosos de las costumbres mayas, dependiendo de la situación los sacerdotes podían sacrificar a entre 5 y 10 personas en época de sequía, y la mitad de estos para pedir que las lluvias se detuvieran. Los rituales eran violentos, incluso para los estándares de los pueblos mesoamericanos. Las víctimas eran atadas en tótems o mesas de roca, con los brazos y las piernas estiradas. Les cortaban las muñecas y la garganta para que la sangre corriera con abundancia y fuera recibida en vasijas por los ayudantes. Sin embargo, la herramienta de ejecución era el hacha. Apenas disminuía el flujo sanguíneo, el sacerdote levantaba la pesada arma con una lámina de sílex y acertaba un golpe tan letal en el cuello que, en ocasiones, la cabeza terminaba separándose del cuerpo. A veces, los sacerdotes descuartizaban a la víctima para homenajear a Chaac.


La sangre recolectada en las vasijas después se regaba en las plantaciones, y el cuerpo, ahora sin ninguna utilidad, era recogido por los ayudantes y arrojado a la grieta en el suelo. Una vez en la oscuridad se unía a los huesos de las otras víctimas para jamás volver a ser visto.

El equipo de arqueólogos logró extraer 9,566 huesos de la fosa, muchos dientes y fragmentos.


La mayoría de estos huesos evidenciaba que la muerte se había suscitado por violencia y que invariablemente los cuerpos eran lanzados al foso una vez concluía el ritual. Si Chaac no atendía las solicitudes, se realizaban más sacrificios hasta que la respuesta era satisfactoria. Según los registros, los mayas de esta región enfrentaron al menos ocho grandes periodos de sequía, en los que los sacrificios se hicieron algo común. Sin embargo, el más aterrador de los descubrimientos es que por lo menos la mitad de los huesos pertenecían a niños que, según los análisis, tenían entre cuatro y diez años de edad.


Según las creencias de varios pueblos precolombinos, los niños tenían una sangre más poderosa y fuerte, por eso eran las víctimas ideales. Claro, sin mencionar que los niños eran mucho más susceptibles de ser controlados, bien fuera por coacción o intimidación. Pero cuando las personas creían que esto no podía empeorar…

Un médico forense requerido para analizar específicamente los huesos de los niños descubrió, a través del análisis químico de los dientes, que no pertenecían a la región. Lo más probable es que la gran mayoría hayan sido traídos de algún otro lugar, posiblemente vendidos o capturados específicamente para ser sacrificados.


¿De dónde prevenían estos niños? ¿Fueron voluntariamente entregados por sus padres? ¿Serían huérfanos? Hay una montaña de posibilidades, pero ninguna es especialmente agradable. Y toda vez que son tantas víctimas provenientes de la misma área, parece un comportamiento característico de alguna red de tráfico de seres humanos. Se sabe bien que los pueblos que rendían tributo a los mayas les pagaban a los gobernantes con oro, granos o víveres, ¿entonces, es posible que algún pueblo también cediera niños como forma de saldar su deuda?


Tristemente la respuesta parece ser un sí. En el pasado remoto, es muy probable que algún pueblo se haya sometido a la atrocidad de ofrecer un tributo en forma de niños para abastecer los rituales sangrientos en honor a Chaac. Posiblemente habrían sido elegidos y llevados a través de largas peregrinaciones hasta su destino final. En el sur de México, en Chichén Itzá, también se descubrió un complejo subterráneo donde la mayoría de los huesos pertenecían a niños que fueron sacrificados para aplacar la ira de los dioses. Según parece, estas víctimas venían de lugares lejanos, de algún pueblo conquistado.


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