domingo, 22 de mayo de 2016

Ulises y las sirenas



El tema de las sirenas ha sido muy recurrente en las artes, tanto en la literatura, la escultura y la pintura como en el cine y la televisión (La Sirenita, Un, dos, tres, splash, La joven del agua, H2O…). Waterhouse no fue menos y reflejó a estos tan famosos seres mitológicos en más de una ocasión, aunque, en este caso, bajo la historia de la Odisea de Homero.


La pregunta que principalmente todos podemos hacernos al observar este lienzo es: ¿por qué Waterhouse dibujó a las sirenas con alas y volando? Pues resulta que en la mitología de la Antigüedad griega las sirenas eran representadas en vasijas y relieves como seres mitad mujeres mitad aves, con el rostro de mujer bella y el cuerpo de pájaro; y así es como Waterhouse las representó, ensalzando a las más antiguas leyendas de Grecia. Los mitos que hablan sobre el origen de las sirenas son muy diversos: hijas de Melpómene (musa de la tragedia) y Aqueloo (dios del río), hijas de este último y Estérope o bien de Terpsícore (musa de la poesía y la danza) o del dios Forcis, etc. 


Según Ovidio, las sirenas habían sido en un principio mujeres hermosas que en todo momento acompañaban a Perséfone; tras el secuestro de Perséfone por Hades, el dios del inframundo, sus compañeras pidieron ayuda a los dioses, los cuales les otorgaron alas para poder buscar a la joven secuestrada. Sin embargo, otra versión cuenta que la transformación fue un castigo de la madre de Perséfone, Deméter, por no defender a su hija de Hades. Según otros, la diosa Afrodita les quitó su belleza porque despreciaban sus artes relacionadas con el amor.


Las sirenas amaban la música y esa era su especialidad: el canto y los instrumentos como la lira o la flauta. Según la mitología, estos seres vivían en una isla del Mediterráneo situada frente a la costa italiana meridional, justo enfrente de la isla de Sorrento. Con su música atraían a los marinos que pasaban por la isla, los cuales quedaban aturdidos por las voces y sonidos de las sirenas, quedando el barco sin el control humano hasta que acababa estrellándose contra los arrecifes y naufragaba; los marinos quedaban desprotegidos en el mar y las sirenas los devoraban.


La Odisea trata sobre las peripecias que tiene que pasar Odiseo (Ulises en romano) para regresar a su hogar, Ítaca, después de haber concluido la tan conocida guerra de Troya. Durante sus aventuras Ulises se encuentra a las sirenas, las cuales fueron mencionadas por primera vez en la literatura por Homero precisamente en esta obra, aunque en la tradición oral las leyendas sobre estos seres estaban muy extendidas.


El cuadro de Ulises y las sirenas refleja ese episodio en el que el protagonista topa con las sirenas. Homero cuenta que, conforme el barco se iba acercando a la isla de las sirenas, y bajo el consejo de Circe, Odiseo ordenó a sus marineros que se taparan los oídos con cera para no caer en el embrujo del canto. Por el contrario, él, con gran curiosidad por escuchar la música de las sirenas y aconsejado de nuevo por Circe, hizo que sus hombres lo atasen al mástil para que, al oír a los seres mitológicos, no quisiese tirarse al mar. Cuando las sirenas comenzaron su canto Odiseo quiso soltarse, aunque sus compañeros, muy leales, no se lo permitieron.


Estos seres alados, al ver a Ulises, dijeron:

Vamos, famoso Odiseo, gran honra de los aqueos, ven aquí y haz detener tu nave para que puedas oír nuestra voz. Que nadie ha pasado de largo con su negra nave sin escuchar la dulce voz de nuestras bocas, sino que ha regresado después de gozar con ella y saber más cosas. Pues sabemos todo cuanto los argivos y troyanos trajinaron en la vasta Troya por voluntad de los dioses. Sabemos cuanto sucede sobre la tierra fecunda.


La leyenda de las sirenas continuó tras estas peripecias, pues perdieron sus alas y se arrojaron al mar, surgiéndoles entonces la cola de pez, porque Ulises las había vencido. Otra versión cuenta que las sirenas perdieron su apariencia de ave como castigo por haber retado a las Musas a una competición de canto.


Ulises aparece en Ulises y las sirenas atado ya al mástil del barco y escuchando el canto de las siete sirenas presentes (en la Odisea sólo aparecen dos), seis de las cuales planean sobre la nave; la séptima se apoya sobre ella y observa muy atentamente a uno de los marineros, quien contesta a esa mirada con ojos llenos de terror. Sin embargo, no puede caer en el embrujo de la música, pues, como el resto de sus compañeros, tiene los oídos tapados con un vendaje que rodea toda la cabeza. En este aspecto, Waterhouse, en lugar de seguir fielmente la Odisea, en la que Homero cuenta que se pusieron cera en los oídos, siguió otro camino (muy posiblemente por la dificultad de representar a hombres “sordos” por cera en los oídos).


Los compañeros de Ulises, con los oídos tapados, dirigen el barco, están remando y, al mismo tiempo, mirando hacia arriba para observar a las sirenas, aunque hay dos marinos que se diferencian del resto. Ninguno de ellos rema y ambos se encuentran en la parte izquierda del cuadro: uno, sentado en la esquina y apartado, se tapa los oídos con fuerza (a pesar del vendaje) y mira hacia abajo, como si estuviese intentando librarse del embrujo de las mujeres-ave que empieza a embriagarle; el otro está a su lado, pero aparece oculto tras el cuerpo de una de las sirenas, por lo que sólo pueden verse las piernas por un lado y el rostro asustado, por otro. Puede que estos dos marinos sean Perimedes y Euríloco, pues Homero explica que se levantaron y dejaron de remar para atar con más fuerza y cuerdas a Ulises, al pedir éste que le soltaran.


Las sirenas, como ya he comentado, están volando sobre la nave y centradas en Ulises, intentando que, el único que no tiene los oídos tapados, caiga en el poder de su canto. Todas muestran un rostro muy parecido (pelo largo, nariz fina…) y mantienen la boca entreabierta, muy posiblemente porque están cantando su maligna melodía.


El capitán del barco permanece, como cuenta el libro de Homero, atado al mástil por brazos y piernas para poder escuchar el canto de las sirenas y no tirarse al mar con ellas. La figura de Ulises destaca por encima del lienzo a causa de su vestimenta totalmente blanca, lo cual alude a la pureza. Su postura (atado por la parte de atrás y el cuerpo echado hacia delante, como si se sintiese llamado por aquellos seres que lo observan) puede evocar a Cristo crucificado; además, su rostro recuerda al de Jesucristo no solo por su expresión sino también por el tipo de barba con la que Waterhouse lo representó.


El paisaje se convierte en Ulises y las sirenas en otro “personaje”. Al fondo pueden verse los acantilados, las rocas de la isla habitada por las sirenas, aquella de la que Circe advirtió a Ulises. El agua del Mediterráneo está embravecida y, bajo la sombra de esa especie de pasadizo (pues a ambos lados se ve tierra), el cuadro adquiere un aspecto sombrío, de advertencia y peligrosidad. Sin embargo, y como en La Dama de Shallot, en la lejanía puede verse cómo sigue el camino, en el que el cielo totalmente abierto y la luz del sol, con un tono rosado, representan la liberación, el fin del peligro que representan las sirenas.


Tanto el pasaje de la Odisea sobre las sirenas como el lienzo de Waterhouse tienen un mensaje que va más allá de las primeras impresiones. Las sirenas reflejan el poder maligno o el hechizo capaz de apartar al hombre de su ruta, de su objetivo. Y, como no, lo perjudicial o malvado está representado una vez más por mujeres hermosas (en este caso por un ser mitad mujer mitad pájaro y, más adelante, mitad pez). 


Ulises simboliza al hombre centrado en su destino (en este caso su fin es llegar a su hogar, a Ítaca), lo cual queda reflejado en el cuadro con su postura atada y recta en el mástil a modo de cruz, y con su mirada fija hacia delante en el horizonte, observando aquél recoveco de luz que se cuela entre los acantilados; también representa la experiencia del hombre, pues Ulises siempre ha sido representado (en la literatura, en el cine…) como una persona madura e inteligente que no se deja llevar por los instintos más bajos de los seres humanos. Por tanto, este lienzo de Waterhouse puede considerarse un símbolo de superación del hombre.


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