jueves, 3 de enero de 2019

El espíritu del árbol, leyenda de África



Una leyenda africana cuenta la historia de una niña llamada Ayana, la cual descubrió una forma muy particular de comunicarse con su madre muerta. Era una niña dulce y delicada, pero que no tenía ni un solo amigo con quien platicar. Sólo contaba con un padre ausente, pero que la amaba; y con una madrastra que la acosaba día y noche, pero que no sabía amar.

Su padre era un hombre pobre, pero muy trabajador que invertía la mayor parte de su tiempo en el negocio familiar, aunque nunca rindiera frutos. Mientras que la madrastra era una mujer ociosa que sólo vivía para criticar y envidiar cualquier indicio de felicidad que mostrase otro ser vivo.

Todos los días Ayana visitaba la tumba de su madre, aprovechaba el momento para contarle sus secretos, sus miedos o sus sueños. Sabía que en alguna parte su madre la escuchaba atenta, porque podía sentirla y escuchar una dulce voz que le susurraba al oído.

En una ocasión, llegó como siempre a la tumba de su madre y pudo observar un pequeño árbol que crecía a un costado. Tres días después, ese pequeño árbol había crecido tanto que se convirtió en un árbol de buen tamaño, y cuatro días después ya daba deliciosos frutos.

Un día, una voz flotó en el viento y le dijo a la pequeña Ayana que comiera de esos frutos. Pudo reconocer de inmediato aquella voz, era su madre. Los frutos estaban realmente deliciosos, nunca antes había probado nada igual. Para complacer a su padre y a su madrastra, les llevó algunos de estos frutos.

La madrastra de inmediato se enamoró del sabor y quiso más. Por supuesto, no se conformaría con una pequeña porción, ella lo que deseaba era poseer todo el árbol, así que Ayana le indicó donde se encontraba.

Al llegar al lugar, la madrastra intentó arrancar un fruto de aquel árbol, pero cada que estiraba la mano, notaba que la rama se iba alejando; en cambio, por alguna extraña razón, cuando Ayana estiraba la mano, una de las ramas bajaba de inmediato para entregarle el fruto en su propia mano.

Este hecho provocó mucha ira en la malvada madrastra, quien le ordenó de inmediato a su esposo que cortara ese árbol, bajo el pretexto de que los frutos estaban envenenados. Ayana sufrió mucho por la pérdida de ese árbol, pues sabía que estaba poseído por el espíritu de su madre.

No obstante, continuó visitando la tumba de su madre, hasta que de pronto, observó que no muy lejos de ahí crecía una calabaza. Dentro de ésta encontró las gotas de un delicioso néctar, el cual resultó tener un sabor fuera de lo común, pero sobre todo, poseía propiedades balsámicas para su pena.

Aquellas gotas tenían un delicioso sabor a miel y una consistencia muy especial. Sabían a amor de mamá y cada sorbo que daba le recordaban aquellos cantos que la arrullaban de noche cuando era más pequeña.

La madrastra comenzó a sospechar de Ayana porque siempre regresaba feliz a casa. Un día decidió seguirla y vio como disfrutaba del néctar que extraía de aquella calabaza. Esperó pacientemente a que Ayana se marchara y se acercó a la calabaza. Con un dedo probó un poco del néctar y comprobó por sí misma por qué la niña estaba tan contenta, pues ella también podía disfrutar del arrullo de una madre amorosa.

Pero su corazón estaba ya tan contaminado, que en lugar de agradecer esa bendición, sintió desprecio por la buena fortuna de Ayana y pateó la calabaza, estrellándola contra la lápida.

Cuando Ayana descubrió al otro día la calabaza destrozada, comenzó a llorar con desesperación, pero su llanto fue interrumpido por el sonido de un arroyo cercano, que parecía incitarla a beber del agua cristalina. Ella pudo reconocer el sabor de inmediato, pues era muy similar al néctar de la calabaza.

De regreso, la madrastra reconoció la alegría de Ayana, y de nuevo la siguió para encontrar el nuevo origen de su dicha. Al descubrir que la magia provenía del arroyo, de inmediato lo tapó con tierra con ayuda de su esposo.

Eran ya tantas las dificultades que Ayana tenía con su madrastra, que optó por alejarse de la tumba de su madre, por miedo a ver todo el paisaje destruido y porque ya no tenía fuerzas para otra decepción más.

Pasaron los años y Ayana se convirtió en una bella mujer. Un día, conoció a un cazador que estaba perdidamente enamorado de ella. Él deseaba casarse, darle un hogar y tener muchos hijos; pero había un impedimento, la madrastra de nuevo interfería entre Ayana y su felicidad.

Para impedir la boda, la madrastra le propuso a su esposo una prueba para saber si el cazador era digno de su hija. La prueba consistía en la muerte de 12 búfalos. Los mismos que servirían para alimentar a los invitados en la boda. El cazador quedó aterrado ante esta petición, pues sólo era capaz de matar a un búfalo por semana, pero amaba tanto a Ayana que quiso probar su suerte.

Cuando ella se enteró de la prueba, le contó al cazador de aquel árbol mágico con el que se comunicó con su madre alguna vez, pero que ahora no era más que un montón de madera junto a la tumba. El cazador corrió en busca de esa madera para crear un nuevo arco.

En el momento en el que la tuvo en sus manos, pudo sentir un calor similar a la de un ser vivo. Supo de inmediato que se trataba del espíritu de la madre de su amada, así que por respeto dirigió unas oraciones y le pidió permiso para casarse con Ayana.

La madera que tenía en sus manos parecía respirar y cobrar vida. Sin perder mucho tiempo, creó un nuevo arco y salió a cazar los búfalos que necesitaba para la boda.

Al poco tiempo de explorar tuvo la suerte de encontrarse con una manada de búfalos, y tras disparar al primero con una sola flecha, el animal cayó con mucha facilidad, luego lo intentó con el segundo animal, y de nuevo cayó fácilmente. Seguro de la eficacia del arco, siguió tirando flechas hasta completar los 12 búfalos que necesitaba.

Finalmente el padre no pudo poner más resistencia, y aún en contra de la voluntad de la madrastra, Ayana pudo casarse y abandonar el hogar.

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