domingo, 21 de febrero de 2016

El Misterio de hanging rock


Las mujeres habían alquilado un coche y se dirigían a aquel paraje de origen volcánico al que era habitual que fuera la gente de la época de excursión. El paraje está emplazado en un llano y además existe una formación rocosa de unos 150 metros que es la que da el nombre al lugar y que está en equilibrio (Hanging Rock = Roca que se balancea). Cerca de esta roca se disponía de un buen sitio para comer y estar relajadas, con mesas de piedra y unos discretos servicios de WC.



El grupo que iba de excursión estaba compuesto de 19 muchachas adolescentes, y dos maestras: la mayor era Greta McCraw, profesora de matemáticas, y la más joven Diane de Poitiers, maestra de danza y francés. El señor que conducía el coche alquilado era Ben Hussey.

Aquel sábado 14 de febrero amaneció soleado, y el grupo excursionista salió temprano para llegar al mediodía hasta la zona elegida, a unos siete kilómetros. Comieron y luego las muchachas se dedicaron a comer y charlar apaciblemente a la sombra de los árboles. Un poco más allá había otro grupito de personas que habían decidido aprovechar el cálido sábado para ir a aquella zona y pasar un día agradable. A este grupo pertenecían el coronel Fitzhubert, mistresss Fitzuber, el sobrino de ambos, Michael Fitzubert, que estaba de visita, y el criado Albert Crundall.


Sobre las tres, Irma Leopold, Marion Quade y otra chica de la que no se recuerda su apellido, aunque sí su nombre, Miranda, responsables chicas del colegio, pidieron permiso para explorar la roca. Los mayores las dejaron marchar, y al mirar la hora se dieron cuenta de que algunos relojes se habían parado al mediodía. También se unió a la petición de explorar la jovencita Edith Norton, de 14 años, tres menos que las otras tres chicas. Naturalmente, no faltaron los avisos de los mayores para que tuvieran mucho cuidado a la hora de subirse a la roca, para que evitaran los precipicios y para que tuvieran cuidado con posibles reptiles o bichos que les pudieran hacer daño.

Las chicas se alejaron y cruzaron el riachuelo, levantando algún piropo de Michael Fitzubert y Albert Crundall. Michael incluso se levantó para seguirlas, pero ellas desaparecieron tras unos árboles y cambió de opinión.


Aproximadamente a las cuatro y media, todos estaban dormidos. Hussey se despertó y ya quería reunir a todos para la vuelta. Tanto él como la profesora Diane de Poitiers echaron también en falta a la maestra más mayor, Miss Craw. Aunque nadie había visto cómo se iba, todos pensaron que había seguido el camino de las chicas que habían ido a explorar la roca. El otro grupo de excursionistas ya se había ido.

Cada vez más nerviosos, todos empezaron a buscar a las mujeres, dando voces y llamándolas por sus nombres. Encontraron unos helechos partidos y unos arbustos con la huella de que alguien había pasado por allí, pero los rastros desaparecían repentinamente.


Sobre las cinco y media, repentinamente Edith Norton, la chica de 14 años, salió tambaleándose de los matorrales que estaban en el lado suroeste de la roca. No podía articular palabra y sólo se limitaba a gritar de una manera histérica. Sin embargo no se sabía nada de las otras mujeres desaparecidas. Como ya empezaba a caer la noche, los mayores decidieron juntar al grupo de chicas y volver todos al colegio, no sin antes pasarse por la comisaría de Woodend, donde se dio cuenta de la sorprendente desaparición al agente Bumpher.


Al día siguiente, pensando que las mujeres se habían desorientado y perdido en el bosque, una partida de voluntarios fue alistada por la policía. Entre ellos se encontraban Albert Crundall y Mike Fitzhubert. La tarea se presentaba bastante complicada, porque la zona está repleta de cuevas y simas profundas cubiertas de hierbajos. Terminó el día sin haber encontrado a nadie.


El doctor McKenzie, que era el médico de Woodend, examinó a Edith Horton. Estaba algo conmocionada y presentaba magulladuras y arañazos producidos por las ramas de los matorrales, pero su estado era leve. Presentaba también amnesia con respecto a los hechos que acontecieron en la roca, ya que no recordaba nada. Pero pasados unos días la interrogó el agente Bumpher. La muchacha confesó que cuando ella volvía, se cruzó con la maestra Miss McCraw, aunque no pasó cerca de ella, sino a distancia. A pesar de los gritos de la chica, la profesora no le prestó ninguna atención. Y además hubo algo que le llamó poderosamente la atención y la sonrojó: la siempre pudorosa mujer en esta ocasión no llevaba falda, vistiendo sólo sus bragas.


Mientras la policía interrogaba a todos los testigos, la búsqueda continuaba infructuosamente. Aunque las sospechas recaían en Michael Fitzhubert -que admitió haber seguido a las muchachas-, no hubo ningún otro indicio que demostrara que él fuera el causante de tan extraña desaparición. La policia por tanto desechó esta hipótesis y sus investigaciones no continuaron por ese camino.


Transcurridos unos días desde la excursión, la policía recurrió a un perro experto en búsquedas y a un rastreador de la zona. El animal olió la ropa de la señorita McCraw y pareció seguir una pista. A medio camino del pico de la montaña, había una especie de claro donde el perro se detuvo gruñendo durante unos diez minutos y con los pelos de punta, pero al no encontrar ni rastro de la mujer, la policía decidió abandonar la investigación, pues dedujo que nadie podría vivir tanto tiempo en esas condiciones y seguir ileso.


Albert y Mike decidieron seguir las investigaciones por su cuenta, y en una de las ocasiones, Mike se internó en las rocas. Albert lo encontró en un lastimoso estado, con un tobillo bastante lastimado y sufriendo una fuerte insolación. Mientras era examinado por el médico, ya en casa, Albert halló en un bolsillo de las ropas de Mike una nota con un texto incoherente y escrito con una letra casi ilegible, pero que mostraba que Mike había encontrado algo en las rocas. El domingo por la mañana se decidió llevar a cabo más investigaciones y, con una enorme sorpresa, se halló a Irma Leopold. Ésta se encontraba inconsciente, pero lo extraordinario del caso es que, aun presentando algunos golpes y cortes, sus pies, que no tenían calzado alguno, no presentaban ni golpes, ni cortes, ni marcas. Le faltaba parte de la ropa interior, en concreto el corsé, pero una vez examinada por los médicos, se dictaminó que no había sufrido abusos sexuales. Irma no recordaba absolutamente nada de lo que podía haber pasado.


Como resumen de esta extraña historia, Miss McCraw, Miranda y Marion no volvieron a ser vistas, y Miss Appleyard se tiró desde lo alto de Hanging Rock. Las alumnas del colegio fueron cambiadas de centro. Un suceso sobrecogedor que cambió la vida de muchas personas en un lugar donde habitualmente nunca pasaba nada que se saliera de la rutina.


Llegado el momento de intentar explicar qué pasó en Hanging Rock, se pueden ofrecer dos explicaciones que no tengan que ver con sucesos paranormales. Por ejemplo, se especula con que las chicas se extraviaron en su excursión y se perdieron entre las rocas, quedando sus cuerpos ocultos por el follaje y la maleza o dentro de alguna caverna, siendo devorados sus cuerpos por los animales e insectos. La amnesia de las chicas se podría explicar por los nervios e histeria y por una caída en el caso de Edith, y por la angustia de haber sobrevivido sola en los riscos en el de Irma. ¿Por qué dos de las mujeres no llevaban la falda o el corsé puesto, lo cual en un principio dio pie a que se pensara que habían sufrido abusos sexuales? Probablemente para tener mayor libertad de movimiento. No olvidemos que estamos hablando de principios de siglo, cuando la ropa femenina era bastante incómoda, con corsés que apretaban y faldas largas que podían enredarse entre las piernas.


La otra explicación que se ha buscado es que las chicas fueron víctimas de Mike Fitzhubert y Albert Crundall. Se ha especulado con que ambos asesinaron a Miss McCraw y raptaron a las chicas, manteniéndolas ocultas para mantener con ellas encuentros sexuales. En este caso, se piensa que Miranda y Marion fueron asesinadas por estos dos hombres, o bien fallecieron a consecuencia de las lesiones sufridas. Algunos investigadores van más allá y piensan que Fizhubert era una especie de pervertido sexual que fue enviado a las colonias por su familia para no tener contacto con él, pero otros analistas piensan que no fue así ya que Irma fue reconocida por el médico cuando fue hallada, y continuaba siendo virgen.


Teorías que ya abordan el tema de lo paranormal nos hablan de que las muchachas pudieron ser abducidas por los tripulantes de algún tipo de nave espacial -y esto explicaría tanto la extraña nube de color rosa que vio Edith, como el hecho de que los relojes se pararan de repente-, o por ejemplo que las chicas podrían haber realizado un viaje en el tiempo, yéndose a una época futura o quizá al pasado. La nube rosa sería en este caso el cuerpo de Miss McCraw viajando a través del tiempo a una enorme velocidad. Otros analistas y expertos en temas paranormales sugieren que las propiedades de la gran roca absorbieron a las mujeres, o que éstas se introdujeron en un universo paralelo, una teoría que aparece en la película Picnic at Hanging Rock.


En efecto, como esta historia fue tan extraordinaria y se ha convertido en un hecho muy conocido, fue el centro de muchos artículos, dos o tres libros y una película del año 1975, Picnic at Hanging Rock, dirigida por el cineasta australiano Peter Weir, y protagonizada por Rachel Roberts, Vivean Gray, Helen Morse y Kirsty Child entre otros actores.


Curiosamente, los periódicos locales o de Melbourne no hablaron de estas desapariciones ni cuando supuestamente se produjeron, ni tiempo después. Además, el día de San Valentín de 1900 cayó en miéroles y no en Sábado, tal y como apunta el saber popular y todos aquellos que han creído fehacientemente en el origen paranormal de esta historia. Todo esto no hace más que acrecentar la fama de misteriosa de esta historia sucedida a primeros del siglo XX en Australia.


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sábado, 20 de febrero de 2016

Artefacto de Kingoodie



Ultimamente ha tomado mucha popularidad los Artefactos fuera de su tiempo, como el caso del Martillo de Kingoodie el cual fue hallado en 1844, por Sir David Brewster el cual informó que un clavo y un martillo habían sido descubiertos firmemente hundidos en un bloque de arenisca en la cantera de Kingoodie, en Mylnfield, Escocia. El Dr. AW Medd, desde el centro británico de investigación geolological, informó por correo en 1985, que esta piedra pertenece a una "edad de piedra arenisca roja inferior» datada con 360 ​​a 408 millones años. Tenga en cuenta que la datación de esta arenisca del Devónico, y por lo tanto el martillo de Kingoodie, se corresponde exactamente con el momento en que los dinosaurios reinaban en la Tierra.


Se podría explicar que la petrificación podría ser mucho más rápida de lo que solemos pensar. En Troo, cerca de Montoire-sur-le-Loir, los visitantes pueden ver una cueva petrificada. Se podria clavar un clavo allí, u otros objetos de madera o metal, y se convertirian en piedra en unos pocos meses, gracias a la temperatura precisa y un ambiente húmedo, saturado de vapores alcalinos o piedra caliza. Pero por lo que sabemos, este no es el caso en Kingoodie. En una cueva petrificante, los objetos están cubiertos con una fina capa de piedra caliza que no se parece en absoluto al encontrado en el martillo de Kingoodie.


El martillo de Kingoodie está fabricado en hierro, está oxidado, pero la pesada piedra que lo rodea ha conservado su perfil delicado. El problema es que el feldespato se estima que es 20 millones de años más viejo que la aparición del hombre, esta prueba inquietante enviaron a una academia en San Francisco, y la ciencia lo olvidó.


Inquietante historia sobre este martillo que pertenece a los denominados Artefactos fuera de su tiempo. Buscar una explicación la más facil sería decir que hubo un error en la datación hecha por el carbono 14 o que hubo una mala interpretación de los datos arrojados. Sin embargo, se le hicieron las pruebas y en todas ellas arrojaba la misma fecha.


Hay quiene dicen que esto prueba los viajes en el tiempo y que este martillo se le quedó olvidado a un supuesto viajero del tiempo, pero siendo lógicos, si un viajero del tiempo realmente hubiese viajado todos esos años al pasado, no habría llevado un martillo más moderno? Algunos defensores de esta teoría podrían decir que el tal martillo no pertenecia al viajero del tiempo, sino a un cavernicola que el supuesto viajante del tiempo había tomado de su tiempo y lo habría llevado junto con el a un pasado aún más remoto.


Lo cierto es que hasta el día de hoy el Martillo de Kingoodie sigue siendo un misterio sin una explicación científica lógica que pueda decirno de que fecha realmente es.

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viernes, 19 de febrero de 2016

Tablillas de Glozel



Glozel, el yacimiento de la controversia

El caso de falsificación más famoso de la arqueología francesa desencadenó una de las polémicas más virulentas de la historia de la ciencia.



La historia de la polémica arqueológica más célebre comenzó con el tropezón de una vaca. El hallazgo de unos extraños artefactos en una tierra de labor en Glozel, una aldea del departamento francés de Allier, que parecían demostrar la existencia de una civilización desconocida dotada de escritura en Francia en pleno Neolítico desembocó en una polémica sin precedentes en la que la cortesía científica brilló por su ausencia demasiadas veces y en la que no faltaron los juicios por difamación y estafa. El 1 de marzo de 1924 Émile Fradin, un campesino de 17 años, trabajaba con su abuelo Claude Fradin en un terreno de su propiedad, una campa situada cerca de la granja familar, cuando la vaca que les servía de animal de tiro dio un mal paso. Una de sus patas se había hundido en el suelo. Émile inspeccionó el agujero y descubrió una especie de fosa de planta ovalada. Dentro había un cráneo humano, dos vasos cerámicos y una tablilla con inscripciones en un alfabeto extraño.
 

La primera excavación se realizó por cuenta de la Société d'émulation du Bourbonnais. Una nota publicada en el boletín de esta agrupación llamó la atención del doctor Antonin Morlet (1882-1965), médico de Vichy aficionado a la arqueología que se interesó por el sitio justo cuando los Fradin estaban considerando olvidarse del asunto y volver a labrar el terreno. Morlet les ofreció 200 francos al año si le cedían la campa para sus excavaciones, a cambio ellos se quedarían con la mayor parte de sus hallazgos. El prado, que sería bautizado como Campo de los muertos, se convirtió en el yacimiento autofinanciado de Morlet. Allí el médico encontró muchos artefactos de una variedad asombrosa: arpones y puntas de hueso similares a los magdalenienses, piezas de arte mueble sobre hueso, guijarros grabados con signos misteriosos, cerámicas sin paralelos conocidos, idolillos fálicos y tablillas con unos caracteres similares a los fenicios. Estas mismas 'letras' aparecían sobre algunas de las piezas 'paleolíticas'. ¿Se trataría de los ejemplos de escritura más antiguos conocidos?


Morlet se puso en contacto con Louis Capitan (1854-1929), uno de los prehistoriadores más prestigiosos del momento, que visitó el sitio en 1925. Fiel a su costumbre, Capitan propuso publicar un artículo sobre el hallazgo añadiendo su firma a la del doctor. Pero Morlet se había adelantado y ya había dado a la imprenta un opúsculo sobre el yacimiento, 'Nouvelle Station Neolìthique. Le glozelien', en el que había tenido la gentileza de añadir la firma como coautor de Émile Fradin. Capitan se tomó este gesto como una afrenta personal y lo que en principio le pareció un hallazgo notable pasó a ser para él una impostura. La extraña apariencia de los materiales y su inconsistencia llamó la atención de muchos especialistas, entre ellos Henri Breuil, que al principio se mostró favorable a la autenticidad del sitio. En un primer momento el médico había situado los hallazgos en el Paleolítico superior, debido a la presencia de representaciones de renos en algunas de las piezas, pero luego lo 'rejuveneció' hasta el Neolítico, tras reconsiderar el asunto de los renos que se 'convirtieron' en ciervos para solucionar la discordancia. Pero la naturaleza insólita de la colección desató el escepticismo. Se formaron dos bandos irreconciliables, glozelianos contra antiglozelianos, mientras los Fradin abrían un pequeño museo en su granja para exhibir los hallazgos -más de 3.000 piezas- a cambio de 4 francos por entrada.


Dos bandos

Los glozelianos contaban con un apoyo muy importante, Salomon Reinach, conservador jefe del Musée des Antiquités Nationales de Saint-Germain-en-Laye, que como casi todo el mundo en esta disputa, también realizó su propia excavación en el Campo de los muertos, al que tuvo que llegar recostado en un carro de paja tirado por bueyes a causa de sus problemas de movilidad. Reinach no sólo no vio indicio alguno de fraude, sino que aventuró la idea de que Glozel demostraba el origen occidental de la escritura, que no habría aparecido en Oriente Próximo sino en Francia. Y además miles de años antes.


En un punto medio, y tratando de dar algo de sentido al conjunto de artefactos glozelianos, se mostró el historiador, filólogo y epigrafista Camille Julian. Sugirió que las tablillas eran algún tipo de objetos mágicos pertenecientes "al antro de un mago del siglo III". En el lado antiglozeliano destacaron dos 'conversos', Capitan y Breuil; el orientalista, epigrafista y conservador del Louvre René Dussaud; el presidente de la Societé préhistorique française, Félix Regnault; y, sobre todo, el ingeniero de minas y prehistoriador André Vayson de Pradenne, que aportó las objeciones más razonables a la autenticidad de la colección.


Breuil, que al principio aseguró que Glozel era un hallazgo excepcional, acabó afirmando que se trataba de un "increíble bluff" con el que no quería que se le relacionase por "la atmósfera malsana, la ausencia de método y de verdadero control" en la excavación. "Prefiero la serenidad de mis cavernas", escribió en una carta a Vayson de Pradenne.


De no ser por Glozel, André Vayson de Pradenne (1888-1939), sería recordado en la historia de la arqueología como el introductor del término 'bifaz' para referirse a lo que hasta entonces era conocido como 'hacha de mano'. Sin embargo, su intervención en este asunto acabó convirtiéndole en un especialista en falsificaciones que acababaría escribiendo un libro de referencia sobre esta temática, 'Les fraudes en archéologie préhistorique'. Sobre Glozel señaló varios aspectos interesantes que apoyaban la versión del fraude y que expuso en artículos publicados en el 'Bulletin de la Société préhistorique de France'. Al excavar con Morlet en el Campo de los muertos, observó las huellas de la introducción reciente de las piezas en el suelo: "Distinguí, sin confusión posible, el canal de penetración frontal de un objeto en el terreno de la excavación", escribió en una nota publicada en 1927. Además, llamó la atención sobre cómo la calidad de la elaboración de los artefactos glozelianos iba mejorando sospechosamente a medida que se sucedían los hallazgos. Pero lo más alarmante es que descubrió que algunos grabados sobre hueso eran torpes reproducciones 'en espejo' de modelos paleolíticos reales, copiados de un libro de divulgación. Lejos de querer acusar a nadie sin pruebas definitivas, bautizó al falsario como el 'espíritu de Glozel', y así se referiría a él en sus sucesivos escritos.


El debate llegó hasta el congreso organizado por el Institut International d'Anthropologie en Amsterdam en septiembre de 1927. Los congresistas decidieron formar una comisión internacional de expertos que aclarara el asunto "sin dudar de la buena fe de ninguno de los oponentes". Los componentes de la comisión fueron el arqueólogo catalán Pedro Bosch Gimpera, Denis Peyrony, Dorothy Garrod -la primera mujer en ocupar una cátedra en Cambridge-, Joseph Hamal-Nandrin, R. Forrer, P.-M. Favret y E. Pittard.


La comisión

La comisión intentó mantener la neutralidad más estricta. Al principio su relación con Morlet fue muy cortés. Pero ni su visita a Glozel ni sus conclusionres fueron del agrado de los glozelianos. Al llegar, a la campa, la comisión se llevó una impresión negativa del estado del terreno, que aparecía agujereado al azar, como "plagado de cráteres de obús". Morlet explicó a los expertos que cada sabio visitante había excavado a su gusto, de ahí el aspecto de la campa. La indicación de que los artefactos aparecían agrupados en "nidos", rodeados de grandes zonas estériles, despertó las sospechas del grupo. Los miembros de la expedición decidieron excavar en varios de estos 'puntos calientes', en los que encontraron algunos objetos glozelianos. El tercer día de la excavación de control uno de los dos equipos en los que se había dividido el grupo se percató de que la capa de tierra que cubría varios artefactos había sido manipulada recientemente. Empezaron a sospechar que las piezas habían sido 'plantadas'.


Después de excavar tres días, la comisión se dedicó a analizar "la colección prodigiosa" del museo doméstico de los Fradin. Llegó a la conclusión de que algunos artefactos eran auténticos (piezas de sílex y hachas pulimentadas) mientras que otros eran falsos. "La comisión no excluye totalmente la hipótesis de introducción en el campo de los objetos antiguos", señalaban sus muy prudentes conclusiones. El informe, firmado en París el 17 de diciembre de 1927, sentenciaba la "no antigüedad" del yacimiento.

El documento omitía un incidente muy desagradable protagonizado por Morlet y Garrod. Ante la sospecha de que alguien pudiera estar 'plantando' artefactos, la comisión había decidido dejar una serie de testigos en los cortes de las trincheras que pemitieran detectar alguna intrusión durante la noche. Al día siguiente, cuando miss Garrod se inclinaba sobre el cantil de la trinchera para comprobar su estado, Morlet empezó a llamarla "mentirosa" a gritos y a acusarla de estar manipulando la tierra con la intención de simular la intervención del supuesto falsificador. La situación fue muy tensa. Un fotógrafo captó la escena. En la instantánea se ve a un furibundo Morlet abroncando a la acongojada Dorothy Garrod, protegida por una barrera formada por sus compañeros de comisión. Para los glozelianos, Garrod se convirtió en la mano negra de Breuil en Glozel, una saboteadora cuya misión era desprestigiar el yacimiento. La prensa proglozeliana reflejó con deleite esta versión. Sin embargo, la honradez de la arqueóloga británica fue defendida a capa y espada por sus compañeros, sobre todo por Bosch Gimpera, que publicó en el 'Bulletin de la Société préhistorique française' una nota en la que desmentía con firmeza la versión de Morlet.


Los glozelianos, encabezados por Morlet, recibieron este informe poco menos que como un insulto y una afrenta. El tono del debate se elevó, y no en cuanto a su altura intelectual precisamente, y la disputa se convirtió en una auténtica guerra en la que las malas formas se impusieron a la cortesía científica. Todo este escándalo dio lugar a una pequeña industria turística en torno a la campa de los Fradin.

Indicios de falsificación

A medida que los ánimos se fueron caldeando aparecieron indicios serios de falsificación. M. Champion, técnico jefe de los talleres del museo de Saint Germain-en-Laye, examinó una serie de objetos glozelianos y concluyó, al analizar los surcos, que habían sido realizados con herramientas de acero, probablemente con un buril de carpintería. Además observó que las hachas pulimentadas habían sido trabajadas con algún medio mecánico moderno y que algunas perforaciones de piezas líticas presentaban perfiles cilíndricos perfectos, realizados con algún instrumento moderno.

Mientras, un comité de estudios organizado por Morlet trabajaba por su cuenta para demostrar la legitimidad de Glozel, el asunto llegó a los tribunales por partida triple. Por un lado, Émile Fradin fue acusado de falsificación por René Dussaud; por otro, Fradin demandó a Dussaud por difamación; y por último, y por iniciativa de Félix Regnault, la Société Préhistorique Française interpuso una demanda por fraude contra X, sin señalar directamene a Fradin, pero con el objeto de que los jueces clausuraran su museo, que fue registrado de muy malos modos por la Policía. A pesar de que el informe pericial encargado por uno de los jueces de instrucción concluía que los objetos requisados en la granja de los Fradin eran falsos, el fiscal retiró la acusación contra el granjero, que fue exonerado. Además, ganó el pleito contra Dussaud, declarado culpable de difamación.


La arqueología glozeliana pareció acabarse con la ley del 27 de septiembre de 1941 que exigía un permiso de las autoridades para realizar excavaciones. Los tiempos de los entusiastas excavando a codazos en la Campa de los muertos pasaron a la historia. De todas formas, Morlet había dejado de excavar en 1936, cuando el consenso de la comunidad arqueológica ya había establecido que Glozel era un fraude.

Sin embargo el médico no había dado su brazo a torcer. Cuando aparecieron dos nuevos métodos de datación absoluta, la termoluminiscencia (TL) y el carbono 14 (C-14), intentó someter algunos restos cerámicos al primero y fragmentos óseos al segundo. No tuvo suerte con la TL, pero sí con el C-14. En 1958 envió a un laboratorio francés varias muestras de hueso que arrojaron fechas modernas. Hubo que esperar hasta 1974 (Morlet ya había muerto), para que parte de 27 objetos cerámicos fueran fechados mediante TL en laboratorios de Dinamarca, Francia y Gran Bretaña. Los resultados desconcertaron a todos, glozelianos y antiglozelianos. Las pruebas repartieron estos objetos a lo largo de un arco que iba del 70 aC a 1749, aunque la mayor parte rondaba el año 250 -encajando curiosamente con la propuesta cronológica de Camille Jullian-. A pesar de que estos resultados parecían alejar las sospechas de fraude, Fradin no los aceptó y siguió afirmando que su yacimiento era neolítico.

Los antiglozelianos se mostraron desconcertados. Por su parte, los técnicos que habían realizado las pruebas recordaron que las mismas fechaban las piezas aproximadamente, pero no sus decoraciones e inscripciones. También indicaron que el método no era fiable al 100% y que varios factores podían haber alterado el resultado, entre ellos la comprobada alta radiactividad del terreno.

A esas alturas Glozel ya había caído en manos de autores 'alternativos' y esotéricos. Desde los años 60 había pasado a formar parte del colorido mundo de los extraterrestres constructores, las civilizaciones ocultas y los atlantes heroicos. Robert Charroux, primer divulgador de éxito de la 'teoría' de los antiguos astronautas, incluyó Glozel en su libro 'Cien mil años de historia desconocida', donde lo relacionó con Tiahuanaco y todo ello con una civilización primordial perdida cuya existencia trataban de ocultar los 'arqueólogos oficiales'. Este tipo de literatura relacionó el yacimiento con los misterios más insospechados, desde la Atlántida hasta el tesoro de Oak Island (¡en Nueva Escocia!), sin olvidar a los inevitables templarios. La arqueología vuelve a Glozel

El caso volvió a encarrilarse a principios de los años 80, cuando un grupo de expertos lo retomó por encargo del Gobierno francés. Aunque el informe completo de su trabajo no vio la luz, el equipo sí publicó un resumen de 13 páginas: 'Résumé des recherches effectuées à Glozel entre 1983 et 1990, sous légide du ministère de la culture' (J.-P. Daugas et al, en 'Revue archéologique du Centre de la France', tomo 34, 1995, pgs. 251-259). Los trabajos incluyeron nuevos sondeos en el Campo de los muertos y otros supuestos yacimientos glozelianos de las cercanías, y la realización de otra serie de pruebas para fechar los artefactos, que volvieron a dar resultados llamativos y nada neolíticos: de los fragmentos sometidos a las pruebas de TL se obtuvieron fechas que iban del siglo III al año 1945 +/- 20, aunque la mayor parte se situaba en la Edad Media. En cuanto al C-14, las fechas iban del siglo IV al XIII.

Según el resumen del informe, ninguno de los sitios excavados mostró trazas de haber sido ocupado en una fase anterior a la Edad Media. Si algunos de los objetos fueran realmente prehistóricos, "debería admitirse que debieron de ser colocados en el suelo del Campo de los muertos en una época mucho más tardía". "Muchos elementos demuestra la existencia de manipulaciones recientes". Además, la composición geoquímica de dicho terreno "no es compatible con la conservación del hueso, por lo que la introducción de objetos de hueso en el sitio en fecha reciente es una hipótesis fundada". En conclusión, "la hipótesis de una civilización prehistorica no ha sido verificada y debe ser definitivamente descartada". El texto finaliza señalando que convendría realizar nuevos estudios. A pesar de todo, un reducido grupo de investigadores irreductibles, agrupados en el Centre International d'Etude et de Recherche, defiende la autenticidad de Glozel, organiza congresos y publica sus trabajos, compartiendo su campo de estudio, es de suponer que muy a su pesar, con los autores de pseudoarqueología pop dedicados a recrear las andanzas de los alienígenas ancestrales. Fradin murió a los 103 años sosteniendo su inocencia y la autenticidad de su hallazgo.

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miércoles, 17 de febrero de 2016

Los enigmáticos surcos de Malta



En el archipiélago de Malta existen unas curiosas huellas prehistóricas, más antiguas aún que sus templos megalíticos. Los malteses las llaman cart ruts (surcos para carros), pero todo indica que esa no era su finalidad. ¿Para qué servían entonces y quién los construyó? Junto a este enigma existen otros, relacionados con los Caballeros de la Orden de Malta, que todavía plantean numerosos interrogantes.


Había cientos, tal vez miles de estos caminos que no conducen a ninguna parte en los alrededores de la localidad maltesa de San Pawl Tat-Targa, muy cerca de donde la tradición asegura que predicó el apóstol san Pablo. Mi vista se perdía siguiendo los contornos de estos raíles y mis pasos se interrumpían cuando intentaba seguir su rastro. Son surcos que se alinean de dos en dos, como carriles paralelos interminables, horadados en el suelo liso y rocoso. Los libros que yo había leído al respecto no aclaraban quién los había utilizado ni para qué.


Sin duda alguna, estaba ante uno de los enigmas más inexplicables del Mediterráneo, un misterio de tal calibre que ha llevado a más de un investigador hasta Malta para observarlo de cerca. Eric von Däniken, en su obra “Profeta del pasado” (1979), señala que estos raíles de las islas de Malta y de Gozo eran un caso ejemplar de actitud errónea por parte de los arqueólogos. Lo dijo porque hay muchas teorías que intentan explicar esta red viaria que surca toda la isla, supuestamente para transportar pesadas cargas, pero la mayoría no se sostienen ante el menor análisis visual. Däniken concluye que lo único indiscutible «es que en tiempos prehistóricos ocurrió en Malta algo extraordinario, algo que no se ha vuelto a repetir jamás en ningún otro lugar del mundo».


¿Qué fue ese suceso extraordinario que tanto impresionó a este investigador suizo? Él estaba convencido de que esta isla «debió ser un centro importante para alguien y para algo». Ese alguien ya se pueden imaginar quiénes eran para él: dioses extraterrestres.


No en vano, en Malta y Gozo se localizan una serie de monumentos megalíticos que desafían la razón, algunos de ellos están considerados como las estructuras más antiguas que se conservan en pie -los templos megalíticos de Mgarr y Skorba, en Malta, y el de Ggantija, en el islote de Gozo- datados en el 3.300 a.C. Pero estas obras ciclópeas son muy posteriores a las misteriosas carreteras.


Para explicar este enigma se han propuesto las más peregrinas teorías y todas ellas acaban siendo insatisfactorias. Lo más sencillo es pensar que se trata de surcos originados por carros de transporte; surcos que servían para que transitaran por ellos vehículos con ruedas. Pero ¿en una época en la que no existían las ruedas?


La teoría oficial nos dice que estos carriles tallados en la roca habrían servido para transportar grandes losas de piedras destinadas a la construcción de los templos ciclópeos que se encuentran repartidos entre Malta y Gozo. Sin embargo, ya hemos apuntado el hecho de que éstos son más modernos que los surcos. Además, hay que añadir la incógnita de que se trata de carriles que desaparecen de pronto en barrancos, campos o acantilados. Muchos quedan cortados al borde de escarpados precipicios. Ninguno se dirige de manera directa a los núcleos de Hagar Qim, Mnajdra o Tarxien (en Malta) ni a Ggantija (en Gozo).


Por otra parte, hay que descartar que se tratase de «raíles», porque no siempre siguen líneas paralelas, presentan diferentes anchos de vía (incluso dentro de un mismo tramo), algunos se cruzan y, a veces, forman curvas inverosímiles, de tal manera que los ejes de unas hipotéticas ruedas quedarían, antes o después, atascados en el suelo. 


Los isleños les denominan “cart routs” y reconocen que se trata de un enigma prehistórico casi único y genuino de Malta. Tan sólo se han encontrado «raíles» parecidos en Cirenaica (Libia) y en algunas zonas de Sicilia. Es más, estos “cart routs” hasta se pierden en el mar y eso sí es desconcertante.


Se ha sugerido que Malta debió ser en otros tiempos mucho más extensa. A escala geológica, se piensa que muy posiblemente estuvo unida a Sicilia, junto con las islas vecinas de Gozo, Comino y Filfla, en el último periodo glacial. Al final de dicha glaciación, hace unos 10.000 años, el mar reclamó para sí varias extensiones de tierra, al provocar el deshielo la crecida del nivel de las aguas. Antes de conocerse este hecho, se había especulado con la posibilidad de que estos surcos hubieran sido construidos en la época en que el nivel del Mediterráneo era más bajo. Pero gracias a las investigaciones submarinas se ha comprobado que los raíles continúan a gran profundidad, surcando las rocas del fondo marino, lo que da verosimilitud a la hipótesis de una unión del archipiélago maltés con otras tierras emergidas en la antigüedad.


Surcos paleolíticos

Y aquí entramos en un terreno resbaladizo, porque precisar la antigüedad de estos raíles presenta grandes dificultades. Al ser de piedra, muchos de los actuales métodos de datación no son eficaces, ya que no se encuentran en ellos restos de materia orgánica. Por lo tanto, es necesario fijarnos en los indicios que nos da el lugar y en su propia disposición.


La teoría que les otorga una antigüedad de 6.000 años se basa en varios puntos: su hundimiento y continuación bajo el mar y el hecho de que algunos pasan por debajo de tumbas del período fenicio (cuyo máximo florecimiento fue entre el año 1000 y el 500 a.C.) y de sedimentos aún más antiguos. También es desconcertante su irregularidad: son surcos dispuestos de dos en dos que tienen aproximadamente 1 metro de distancia entre ambos, aunque no siempre es así, pues sus dimensiones varían desde los 65 hasta los 123 cm. Cada uno de los surcos suele tener un ancho de 10 a 15 cm y una media de 15 cm de profundidad. Ésta es la regla general, pero en algunos casos, como pude comprobar personalmente, superan el medio metro.


Numerosos investigadores mantienen que los surcos son fruto de las ruedas o de los rodamientos que, con el transcurrir de los siglos, fueron dejando unos carros de arrastre prehistóricos. Si aceptamos esta hipótesis, echamos por tierra de un plumazo parte de la historia que se empeña en negar que en aquella época, y mucho menos en Malta, existiesen culturas que conocieran la rueda, ya que ésta fue «oficialmente» inventada por los sumerios hace unos 5.000 años. 


Cuando se miran de cerca, se comprueba que estos «raíles» servían para transportar algo, pero ¿qué exactamente? Unos dicen que eran canalizaciones de agua. Lo malo es que algunos de estos surcos son ascendentes, y sin la ayuda de un motor (que no tenían) o de unas tuberías (que no se han encontrado) resulta difícil tal empeño. Otros sugieren que eran carriles para trineos de madera o piedra tirados por bueyes.


Teorías disparatadas

Otros investigadores son más osados a la hora de exponer sus conclusiones. Algunos sostienen que los raíles sirvieron para colar metales fundidos, pero esta teoría se cae por su propio peso, pues estas lingoteras debieron construirse en una época en que los metales aún eran desconocidos. O bien que los carriles eran parte de un calendario para determinar los solsticios y los equinoccios. Otro error, ya que los surcos siguen todas las direcciones y suponen un galimatías cuya interpretación astronómica estaría más que forzada. Por último, están quienes mantienen que la red de surcos servía para el cultivo de algún producto desconocido en la actualidad.


Para Däniken y sus seguidores es forzoso concluir que no tenían una finalidad práctica, sino religiosa: los primitivos malteses erigieron en la isla estos surcos y monumentos de piedra como tributo a sus dioses extraterrestres. Sin embargo, estoy seguro de que esta gigantesca obra fue realizada por manos humanas. El hecho de que desconozcamos las respuestas a los interrogantes que nos plantea, no supone que tengamos que recurrir a los alienígenas interplanetarios.


Por suerte, estas huellas son actualmente ignoradas por los turistas y por la población maltesa en general, lo que las ha preservado de la depredación. Hoy sólo se pueden ver algunas, diseminadas en lugares muy concretos. Pero hace miles de años eran tantas que ambas islas (Gozo y Malta) debían estar horadadas por ellas. Entre los enclaves donde más abundan, en la isla de Malta, destacan Borg in- Nadur y las cercanías de la localidad de Sant Pawl Tat-Targa. Allí pude ver con estupor cómo una cantera próxima estaba destrozando esos surcos en su afán por extraer piedra para la construcción, perdiéndose así este legado milenario antes de que seamos capaces de descubrir su significado.


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